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Junio del 2021
Herencia comunitaria
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Denise Hernández

Denise Hernández

Maestra comunitaria.

Verónica Pereiro

Verónica Pereiro

Maestra secretaria.

«Y díganle a la vida

Que la viví sin treguas

Y díganle a la vida

Que la amé sin piedad...»1

Villa García es un barrio de Montevideo, que se debate entre la urbanidad y la ruralidad, entre su anhelo de futuro y sus raíces históricas. Un barrio que es muestra fiel del interior del país que busca oportunidades en la capital. Un barrio que cual puzle va uniendo sus piezas para dar forma a una imagen completa, que muestra un paisaje lleno de luchas diarias por seguir avanzando, de resiliencia, de búsqueda, de luces y de sombras.

Ahí, en ese barrio, casi como punto central está enclavada la escuela, la Escuela Nº 157 “Treinta y Tres Orientales” como su nombre oficial la define, la escuela de la Villa como la nombran con familiaridad los vecinos, la escuela de Martínez Matonte como la recuerdan aquellos en cuya memoria quedó la huella de una forma de hacer escuela que trascendió el espacio físico del local escolar, y entendió y mostró que educar es un acto de acciones recíprocas entre la institucionalidad y la comunidad. Donde el pensamiento de un docente tomó forma en la voluntad de muchos y se inició un camino de construcción que se concretó en la Unidad Educacional Cooperaria (UEC).

La UEC estaba fundamentada en la sensibilidad ante el requerimiento de la gente, de la comunidad. Esa misma gente que, en razón de sus necesidades, era la que imponía el ritmo, la que daba las mejores ideas para llevarlas a cabo.

Por eso la UEC estaba formada por tres cooperativas que se sustentaban por sí mismas:

► La Cooperativa Agraria Escolar tenía como objetivo lograr resultados materiales pero también bienes culturales. Apuntaba a la obtención de productos que autogestionaran el comedor escolar y a que, a su vez, se reafirmara como parte de los bienes culturales de la comunidad.

► La Cooperativa Habitacional tenía como objetivo resolver problemas edilicios del centro educativo, por ejemplo, los arreglos; pero también cubrir la necesidad de talleres, salones, casa del casero, depósito. El edificio escolar, tal como era originalmente, no permitía desarrollar las actividades que se venían llevando a cabo.

► La Cooperativa Artesanal se encargaba de los talleres vocacionales, la producción e industrialización de lo generado en esta cooperativa y en las otras.

Históricamente se tenía en cuenta que el proceso educativo es uno solo, que se da dentro del hogar y también en las instituciones educativas, el problema se presenta si entre estos hubiera un divorcio. En estos tiempos –en que ese divorcio podría ser una moneda corriente– se priorizaron los talleres con las familias, que apuntaron a atender sus diferentes intereses o necesidades. De ahí surgieron los talleres de informática, de teatro, de huerta y de cocina.

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 Estos talleres no solo les brindaron a las familias la posibilidad de acceder a nuevos saberes, sino que les ofrecieron un lugar propio donde se sintieron comprendidas, escuchadas, apoyadas, donde fueron protagonistas de sus propios logros, donde en el encuentro con otros crearon o fortalecieron lazos con distintos miembros de la comunidad. Allí los docentes del colectivo cumplieron diferentes roles, partícipes, mediadores, facilitadores..., pero independientemente del rol todos salimos enriquecidos y crecimos como comunidad educativa.

José Pedro Martínez Matonte creía firmemente en el concepto de “Escuela Abierta”, abrir la puerta hacia adentro para que la comunidad y las redes pudieran entrar, y abrirlas hacia afuera para que lo que se realizara en el interior llegara a la gente. Actualmente, esta idea de escuela abierta se continúa en actividades como, por ejemplo, la comunión existente entre el PIM (Proyecto Integral Metropolitano, de la Universidad de la República) y la escuela. Una relación que se retroalimenta constantemente, intercambiando material de estudio, conocimientos, análisis y vivencias. Facultades como la de Bellas Artes, Agronomía, Medicina, Nutrición, Humanidades “entran” en la escuela de Villa García, y realizan acciones y procesos que siguen en la línea de lo que marca la historia de esta comunidad educativa. Un proyecto de huerta comunitaria integral, entre otros, que permite seguir transmitiendo estas experiencias tan profundamente arraigadas en la comunidad y tan necesarias en estos tiempos de inestabilidad económica y laboral.

El mismo que creía en la “escuela abierta”, soñaba con recrear una “aldea” en Villa García, una aldea en el entendido de que la aldea es la tranquilidad de la familia, del entorno, del vecino no ignorado, es no estar encerrado en una finca en particular. Los muros no necesitan ser de tres metros, la vereda no es un peligro...

En la escuela de Villa García, un visitante nota enseguida la preocupación por el otro, ya sea madre, padre, alumna, alumno, compañera, compañero o el propio visitante. Los niños y las niñas son de todas y todos, su formación también nos implica a todas y todos, porque se concibe al niño como un ser integral.

Transitar los patios de la escuela permite en todo momento ser partícipe de encuentros, charlas, risas y aprendizajes. La escuela está siempre en movimiento, un movimiento que da cuenta de un saber hacer, de un saber ser, de aulas expandidas, de talleres de huerta, de actividad física y artística, de visitantes que la recorren buscando las huellas de una historia que es permanencia.

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Desde que llegas a la escuela y atraviesas su portón, encuentras un mundo de cosas que te susurran recuerdos de ese pasado que es permanencia. El enorme ibirapitá te recibe y acompaña hasta que ingresas a la luminosa galería que te espera con alegres colores y frases dibujadas en las paredes, regalo de ex alumnos que plasmaron su sentir con pintura y pincel, y fotos en blanco y negro salpicadas por aquí y por allá que recuerdan momentos ya lejanos de la historia escolar.

Cada pintura, cada imagen, cada rincón, cada árbol de la escuela cuentan una historia: algunas son anécdotas de tiempos pasados, otras guardan heridas de momentos difíciles, pero todas son parte de la identidad.

En Villa García se acuñó la idea de “escuela comunitaria” mucho antes de que el Programa Maestros Comunitarios (PMC) diera sus primeros pasos. El programa enmarcó y dio bases a un saber hacer. Aquí la escuela no se vincula con la comunidad, sino que se considera parte de ella. El PMC llegó en el año 2005, asignándole una función reconocida oficialmente al rol que desde siempre se venía desempeñando. Trajo consigo los primeros objetivos enmarcados en una política educativa, objetivos que apuntan a la equidad escolar, objetivos que preocuparon desde siempre a las y los docentes de esta comunidad al igual que de otras comunidades.

En Villa García, maestras y maestros comunitarios comenzaron a recorrer el barrio, y era normal para vecinas y vecinos ya que estaban acostumbrados a verlos visitando hogares, buscando gurises y gurisas ausentes, interesándose por situaciones familiares que impedían el buen desarrollo del curso, llevando alguna solución o simplemente prestando la oreja a algún familiar o vecino. Por eso en esta zona no es raro que la maestra comunitaria recorra y lo haga sin túnica. Este uniforme no es necesario, pues es una figura familiar para el barrio, es parte del paisaje y logra ponerlos en igualdad de condiciones. Los acerca, permite que los vean como lo que son, iguales.

Los primeros trabajos en los hogares, allá por el año 2005, aún guardan anécdotas para esas familias que siguen formando parte de la comunidad escolar. Las primeras huertas en los patios, los primeros cuentos creados en la casa, los cálculos geométricos para construir algún gallinero y también alguna caída en el barro intentando llegar al lugar buscado.

Para la escuela, la línea del trabajo en hogares significa darles visibilidad a las fortalezas de cada familia; para maestras y maestros significa ver la realidad de cada niño y comprender el porqué de algunas situaciones...

En un año tan particular como 2020, en una realidad como la de la pandemia que nos golpeó de lleno y la incertidumbre fue la constante, la figura del maestro comunitario fue fundamental. Conocedor de la comunidad y de las realidades particulares de cada alumno, fue el nexo indiscutido. Llegó la llamada por teléfono, la palabra que calma, la mirada diferente, la charla tras el tapaboca, el codo amigo. El maestro comunitario fue al encuentro de aquellos que se alejaron, de los que no pudieron sostener la virtualidad y, haciendo uso de la flexibilidad que le permite su rol, adaptó estrategias, acompañó y generó nuevas formas de estar. Porque el PMC es eso, es otra forma de hacer escuela, es romper con los formatos tradicionales y motivar en niños y familias el deseo de aprender, más allá de las adversidades.

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La escuela es centro de convocatoria y de encuentro, es punto de referencia para instituciones, vecinos y programas de territorio. El trabajo en red es una costumbre, no una obligación o una tarea. Muchos son los frentes que asume la institución a la hora de participar de forma activa de la comunidad educativa a la cual pertenece; por ejemplo, la Mesa técnica, integrada por representantes de las instituciones y diferentes programas presentes en el territorio (PIM, ASSE, SOCAT, ETAF, INAU, UTU, liceo, Jóvenes en Red, Centro Juvenil, CAIF, escuela), lugar donde se ponen sobre la mesa situaciones que nos convocan a todos, donde se intercambian ideas y estrategias, donde se acuerdan intervenciones.

La Comisión de Educación es otro espacio de encuentro surgido en la necesidad del territorio de poner un pienso respecto a cuestiones educativas, fortaleciendo y reflexionando sobre mejores oportunidades para nuestros niños y adolescentes. De allí surgieron oportunidades como la participación colectiva en la experiencia del Acampa Comunidad, donde la escuela se hizo presente con un grupo integrado por madres que participan de los talleres de cocina comunitaria llevados adelante por maestras comunitarias desde hace cuatro años. Allí, las madres acudieron con sus hijos, y se observó un importante trabajo a nivel vincular y la organización con otras instituciones de una feria educativa que le permitió a la comunidad conocer el abanico de posibilidades educativas en la zona.

El Proyecto Integral de Villa García es, sin duda, uno de los frentes que más representa el sentir de quienes, con el acervo de la identidad villana, transitan la huella que la UEC dejó marcada a fuego en muchos. Un grupo de vecinos, mayoritariamente ex alumnos, impulsan y organizan una propuesta integral retomando las bases históricas, pero cargándola de presente y futuro. Los espacios para la salud, el deporte, la lectura y el encuentro forman parte de esta propuesta que se inicia con una de las actividades más antiguas de la humanidad, la agricultura. Una huerta agroecológica y educativa es el disparador de este proyecto, que busca fortalecer lazos comunitarios a través de un derecho tan básico como el acceso a la alimentación. Un espacio que se convierte en la excusa perfecta para el encuentro del saber académico con el saber popular, donde desde la horizontalidad todas y todos pueden ser y sentirse parte de una experiencia enriquecedora y gratificante. Allí está la escuela acompañando, apoyando y participando de forma directa en estas actividades: ya sea cediendo el espacio para las reuniones de programación y planificación, acompañando las jornadas de trabajo, coordinando visitas de los grupos escolares o vinculando la huerta escolar a la huerta comunitaria, siempre intercambiando saberes y recursos. En esta reciprocidad, el aula se expande, se vuelve infinita, tanto en sus dimensiones como en sus posibilidades, la escuela se enriquece y también la comunidad, y vuelve a estar presente el concepto de escuela abierta de Martínez Matonte, una apertura bidireccional, una escuela que recibe, pero que también sale. Sale al encuentro de una comunidad que la convoca, que la que la espera, que la reconoce y la respeta.

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Ser maestro comunitario en Villa García va mucho más allá de la función en sí, trasciende las fronteras de la institucionalidad y genera un compromiso de identidad que nos integra a la dinámica de la comunidad, que nos lleva a palpitar con su ritmo.

Porque José Pedro Martínez Matonte fue la experiencia de Villa García, pero Villa García no se acaba en José Pedro Martínez Matonte, hoy son otros los que recorren la senda trazada, los que dejan su huella impresa en la historia barrial, los que convocan y sostienen, los que empujan para salir adelante, los que quieren una comunidad fortalecida. Hoy, los herederos de esta identidad son los que entendieron el mensaje...

«El hombre es mano. Quien conoce el poder de su mano no pide. Quien no pide, se compromete. Es responsable de su propio destino. Por lo mismo crea. Si es cierto que quien crea determina el paisaje, mueve a la Geografía y a la Historia...» (Martínez Matonte, 1987:56)

Referencia bibliográfica
MARTÍNEZ MATONTE, José Pedro (1987): Villa García por dentro: una experiencia educacional interrumpida. Montevideo: Ed. SON.