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Junio del 2021
El "veinte veinte" trajo cola. La desvinculación social: vivir o sobrevivir... para algunos en la calle
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Lilián Berardi

Lilián Berardi

Maestra. Mag. en Sociología. Docente Investigadora

Hoy, nuevas pautas culturales nos encierran, nos vuelven aves enjauladas, nos hacen sentir pena y miedo. Nos obligan a beber una copa de vino en soledad, a pensar que ya el mate no será compartido con amigos, a no abrazar.

Alguien nos dice qué será ahora “lo normal”. Una normalidad muy cruzada con intereses económicos que determinan los escenarios a todo nivel. Sabemos que todo es socialmente posible y, en este caso particular, la pandemia por COVID-19 produce una repercusión sanitaria global. Los países se resguardan, toman decisiones regionales de fronteras internas y externas, no siempre a tiempo y no siempre de similar compromiso social.

Nueva normalidad, distancia física, distancia social, son nuevas expresiones que nos abruman. La nueva normalidad encierra muchas imposiciones; sin darnos cuenta entramos, nos entran, en una trama de dominación encubierta, solo que ahora se ha colocado a la Ciencia como escudo. Nuestro país prontamente procuró orientación académica, ya que no había antecedentes en cuanto a recurrir a opiniones y recomendaciones que pudieran facilitar los técnicos, específicamente los infectólogos, tampoco se habían producido escenarios tan complejos. Lo que pareció y se mostró como un respaldo, la consulta a la comunidad científica, hoy sentimos que ha sido solo un marco; de hecho, las alianzas económicas han tenido las supremas decisiones.

Desde un principio se apeló a la responsabilidad social, pero poco a poco fuimos descubriendo que en esa expresión enmarcada en un discurso liberal se encubría la irresponsabilidad del escaso compromiso del Estado. Los uruguayos, que saben de responsabilidad social aunque de modo más sencillo porque siempre la han llamado solidaridad, supieron cómo organizarse, cómo acompañar y dotar de contenido al “quedate en casa” sugerido. Un “quedate en casa” que sigue teniendo un tono amistoso, no impositivo, pero que no es más que una expresión vacía de contenidos esenciales. “Me quedo en casa”, bien; pero tengo compromisos familiares y materiales, ¿cómo los resuelvo?

Los nuevos comportamientos sociales comienzan a normalizarse: tapaboca, lavado de manos, uso de alcohol en gel; todo suma, sin dejar de reforzar el aprendizaje sobre la necesaria distancia social y física. Distancias que, si bien no son lo mismo, pasan a formar una dupla conceptual que provocará cambios fundamentales y funcionales que emergen para quedarse. Estas “distancias” se asumen, más allá de que los espacios estén o no señalizados. En este sentido, vemos cambios urbanos que suponen un reordenamiento estructural de diferentes espacios públicos

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Los nuevos comportamientos sociales, resultado de la necesaria distancia social y física, hacen visible la instalación de un nuevo higienismo; dicho concepto da cuenta de una nueva concepción de lo sanitario-social.

El higienismo, como concepto o corriente, tiene su origen en el siglo XIX, en un marco liberal. El interés por la salud no estaba aislado, se unía a la dinámica de la ciudad y por tanto a la vida de los ciudadanos que la habitaban. Había que resolver que se atendieran las condiciones de las metrópolis: saneamiento, iluminación, viviendas. Garantizar la salubridad permitía preservar la rentabilidad esperada de muchos de sus habitantes, trabajadores ciudadanos. Se buscaba atender situaciones de pobreza, de hacinamiento y sus consecuencias, entre otras las enfermedades, las que dejarían el tejido social –productivo– debilitado.

Foucault (2002) analizaba el «poder de normalización», en el que advertía el alcance encubierto de algunos discursos y cómo en determinados momentos estos se acompañaban con sugerencias prácticas de la medicina. Para el autor, los consejos o propuestas no siempre eran visualizados con el poder que realmente poseían. La aceptación de pautas médicas es natural, porque poseen respaldo académico, se confía en ellas, gozan de reconocimiento y, normalmente, no se cuestionan ni se objetivan. Cuando han sido de carácter general, se les ha considerado como asistencia a una construcción social que acompañaba procesos de subjetivación, esenciales ante situaciones como la que estamos viviendo.

En nuestro caso, la comunidad académica –aunque no atendida– se muestra decidida a continuar custodiando la orientación científica que se requiere; con humildad acepta el desafío que supone la presencia de la COVID-19. Desde los centros de investigación se implementan estrategias diversas, se rearman proyectos, se redefinen prioridades y, lo que no es menor, una vez más queda en cuestión la necesidad de disponer de recursos económicos, porque los recursos humanos ya marcaron su disposición.

Ventanas que no se abrían... y ojos que no veían. La desvinculación social

El origen de este análisis está en ordenar algunas ideas que nos permitan visualizar lo que llamamos desvinculación social. Si bien esto no es nada nuevo, hoy toma centralidad en algunas sociedades. La pandemia, con sus daños propios y los llamados colaterales, ha profundizado trazas sociales que se mantenían casi invisibles, ocultas entre otros tantos problemas sociales.

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Desde la lectura más académica podemos decir que es una categoría abordable a partir de por lo menos tres criterios que se entrecruzan al mismo tiempo; de ahí su complejidad. Uno de ellos tiene que ver con asociaciones morales: se relaciona con sujetos rebeldes, liberados; en otro se destacan aparentes vínculos filosóficos: sería el caso de quienes manifiestan determinadas actitudes de indiferencia hacia los vínculos sociales; y un tercer aspecto que se vincula con un claro diagnóstico científico: casos de definidas patologías mentales, tránsito por adicciones, pasadas o en curso. Así vemos que la desvinculación social no es una situación nueva, sino que ya está adjetivada, pero no es sencilla de atender dado que su visibilidad varía ante las crisis y, de esta manera, se le reconoce por múltiples señales, individuales o colectivas.

Si bien no es el centro del análisis que nos proponemos, no es posible eludir que la desvinculación social explica también casos distinguidos como desviaciones, y así califica algunas conductas individuales aunque en determinadas situaciones estas se conviertan en colectivas o comunitarias.

La desviación está considerada como el apartamiento de situaciones socialmente impuestas al comportamiento humano, por tanto esperadas. Desde el momento en que el individuo estructura su conducta desviada, se le califica, es etiquetado. El “etiquetado” resulta una temática de interés para la Sociología, ya que incide fuertemente en la integración social.

«Se trata de un proceso de estructuración de un comportamiento concreto, no de una respuesta momentánea contraria a la norma. Es el individuo mismo el que ha procesado su etiqueta, ha estructurado su conducta desviada, se siente desviado, porque primero la sociedad lo ha “marcado” de esa manera.» (García Montejo, 2018:85)

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El individuo que está estigmatizado se siente desacreditado, en general no por su grupo de pertenencia, pero sí por el colectivo “extramuros” de su entorno.

Goffman (2006:15) utiliza una expresión muy significativa cuando señala que quien está estigmatizado es poseedor de «una indeseable diferencia [...] Creemos, por definición, (...) que la persona que tiene un estigma no es totalmente humana». Esta condición, expresada o encubierta, discrimina, favorece su desvinculación social.

En otro momento, este autor señala que sobre la base de que hay grupos de individuos que comparten valores y normas relativas a la conducta social, y que manifiestan su adhesión a las mismas, «...se puede dar el nombre de “divergente” (deviator) a todo miembro individual que no adhiere a las normas, y de “divergencia” (deviation) a su peculiaridad» (idem, p. 162)

Se generan situaciones que estigmatizan, que marcan a los individuos, que los señalan socialmente y esto contribuye a que se produzcan alianzas sociales entre otros también estigmatizados. Los unen escenarios y acciones comunes. En sus entornos de pertenencia se protegen y, de este modo, el estigma se borra. A la desvinculación social que se produce en estos individuos y en general en los colectivos que integran, se le agregan diversas barreras –en principio– económicas, pero a la vez sociales y culturales. De este modo, queda afectada su dignidad.

El concepto o la categoría desvinculación social se nos ha impuesto como desafío, dado que la literatura que trabaja su significación por lo común lo asocia a una situación que se vive relacionada con el momento en que las personas dejan su vida activa. No ha sido sencillo encontrarlo asociado con el escenario de vida que también entendemos incluido en la categoría desvinculación social, aunque ocurra entre individuos que poseen condiciones para una vida activa. En líneas generales entendemos su posible asociación con la disminución de interacciones que se producen cuando, por razones individuales o sociolaborales, los sujetos activos dejan de interactuar con sus pares. En consecuencia, el individuo se retrotrae de espacios cotidianos, se desvincula.

Algunos autores refieren a que se trata de un proceso bidireccional, dado que si el sujeto se desvincula de los lugares laborales y sociales públicos o privados que frecuentaba, concomitantemente la sociedad o el Estado, según el caso, ya no lo considera dada su condición de pasividad. Pretendemos adecuar el concepto: estamos ante una nueva situación, aquí existe una causa, hay un motivo que provoca la desvinculación de algunos sujetos, a lo que se agrega dicha exclusión de sus escenarios laborales o sociales.

En lo personal, asumimos la categoría desvinculación social como análoga al concepto que propone Castel (1997) cuando refiere a «desafiliación»1 . El autor lo considera como situación que traduce o se produce debido a la debilidad que tienen los sujetos ante las diferentes estructuras sociales con las que conviven y fundamentalmente por el lugar que ocupan en la división social del trabajo. En nuestro caso estamos abocados a mostrar cómo la categoría desvinculación social coliga con la pérdida de vínculos (fundamentalmente los laborales), dado que no todos los sujetos están contenidos en y por otras redes. De este modo, es posible comprender por qué se acercan a otros sujetos que también sufren lo que conocemos como ruptura de contratos sociales. Las palabras del autor resultan claras al respecto: «...he encontrado que el análisis de una relación con el trabajo (o con la ausencia del trabajo, o con el trabajo aleatorio) representaba un factor determinante...». Se refiere al trabajo «...como un soporte privilegiado de inscripción en la estructura social» (Castel, 1997:12-13)

Trabajar, ser asalariado, es más que cumplir una tarea; el sujeto pasa a ser parte de una estructura mayor y esa estructura refuerza la necesaria cohesión social, imprescindible como apoyo para la vida humana.

Los vínculos de diverso tipo que los sujetos desarrollan o han desarrollado a lo largo de su vida, generan cierto apego a los entornos en los cuales se producen. La desvinculación, como consecuencia de la cesación laboral, el cierre parcial o total de su lugar de trabajo, el pasaje a seguro de paro o, en el mejor de los casos, el teletrabajo o la reducción de las horas de trabajo presencial, causa la pérdida del apoyo social próximo. Pero a la vez, en el caso de los trabajadores formales, se agrega la interrupción de su vínculo con el Estado.

En términos más sencillos podemos decir que estamos ante una situación manifiesta de falta de casi todo apoyo, del deterioro de todo vínculo que asegure protección material y simbólica. Vivimos en un escenario individual o colectivo que se ha convertido en noticia, que acapara los medios de comunicación y, aunque no sea visto por la ventana, tampoco es algo que ocurre solo afuera, sino que se coloca en el living y en horarios centrales de información cada día en cada casa. Pero pongamos el foco en qué se muestra y cómo se pretende que interpretemos lo que se muestra. Las noticias 2 son consecuencias; en la dinámica de los informativos no caben los análisis, sean temas policiales (en su amplio espectro) o resultados diarios sobre la COVID-19. Todo está en esa gran bolsa que alguien selecciona como noticia.

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La desvinculación social traduce realidades muy diversas, desparrama esquirlas violentas, manifiestas, encubiertas y en ocasiones ocultas hace muchos años, como el caso de violaciones y violencia hacia niños, niñas y adolescentes, violencia de género (entre otras situaciones de conflicto).

Mirar la calle o a la calle es ver un escenario que desconocíamos.

Las veredas de los barrios ya no son coloquiales, solo se transitan; los vecinos usan tapabocas y, cuando surge un diálogo, los casos de COVID-19 empañan todo.

Pero volvamos a hablar de esas ventanas que no se abrían, de esas realidades que no se veían, de esa desvinculación social que no se percibía

 

 

1 Castel (1997) se distancia del significado del término “exclusión social” por tradicional, general y no contemplado por su intención interpretativa. Subraya y explicita acerca del concepto de “desafiliación”, el que identifica con inestabilidades que incluyen situaciones de menor alcance no por su importancia, sino por su definición en espacios microsociales. Para el autor, la desafiliación genera discontinuidades no siempre homogéneas.

2 En un sentido amplio, el concepto noticia supone comunicación; nuestra referencia busca reflexión fundamentalmente sobre lo que ocurre en un medio como la televisión. El televidente es receptor de un recorte de acontecimientos, partes diarios o episodios de una realidad social que se mezcla con publicidades diversivas, como entre otras las ofertas de préstamos abusivos, que muestran escenas de realidades ajenas. Es justo señalar que otro país se conoce y se vive desde la radiodifusión; si bien hay un sentido liberado –la vista– se puede agregar que mediante entrevistas y una selección de temas nacionales y extranjeros, los oyentes viven la actualidad nacional y mundial de modo más relevante.

Las consecuencias de algunas causas

Hemos insistido en la necesidad de atender la complejidad que genera la desvinculación social/ laboral 3 y cómo, en este momento particular, profundiza y hace visibles algunas situaciones que no eran consideradas porque la repercusión que encerraban no trascendía el nivel familiar. La COVID-19 nos introdujo en una fuerte incertidumbre sanitaria que imposibilitó adelantar la inestabilidad que fue ganando amplios espacios sociales y que, como consecuencia, también llegó a la vida de las familias. Se está ante un escenario que tiene repercusión en el aula, que distorsiona la tarea docente y a su vez el vínculo con las familias.

Al ser el individuo un producto social, su vida depende de los escenarios con los que se vincula o desvincula. La construcción de sí mismo se produce mediada por las situaciones de vida que le rodean y le imponen hábitos y normas. La desvinculación laboral lo deja fuera de las redes sociales con las que en general interactuaba de manera fluida.

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«No participar del mercado laboral, no ser un asalariado, hace vulnerable al sujeto y a su entorno. En oportunidades, esta situación es un aditivo que se imbrica de modo explícito con la vulnerabilidad biológica y cultural que se posee.» (Berardi, 2017:83)

Las crisis generan cambios en los procesos de producción, los alteran porque merman el consumo, la inversión, y esto determina una cadena de situaciones en la empleabilidad tanto formal como informal. Se producen cesantías y precarización laboral. Una relación laboral precaria, informal, impide la proyección del individuo, inhibe sus expectativas, afecta tanto su estatus personal como el familiar.

«Informal/formal son términos operativos que califican la relación laboral. En su momento, ambas categorías definían fundamentalmente el proceso de producción y distribución del producto, luego se utilizaron para conceptualizar una relación laboral.» (idem, p. 85)

El trabajo es un elemento estructurador e integrador. Es en este sentido que destacamos que formalidad o precariedad determinan la vida del trabajador, de su entorno inmediato, afectan su estatus y el de su familia.

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La pandemia ha profundizado y hasta podríamos afirmar que ha hecho visibles otras vulnerabilidades entrecruzadas, las que también tienen que ver con la precarización laboral originada en la región. Nuestra sociedad, tanto en Montevideo como en capitales departamentales, ha recibido –de modo aluvional– inmigrantes latinoamericanos que se incorporan al mercado de trabajo a como dé lugar. A las discriminaciones conocidas, fundamentalmente de género y de raza, se agregan ahora otras especiales, con algunas distinciones propias de los nuevos inmigrantes con un estilo de vida, de vestimenta, de gustos alimentarios, de música, que colonizan zonas y barrios del mismo modo aluvional en el que han llegado. Estos nuevos habitantes acceden al mercado de oferta informal. A su necesidad de subsistencia económica se le agregan urgencias emocionales, y ambos motivos “los cercan”, los vuelven comunidades y así, en algunas zonas, va cambiando el tejido social barrial. Visibilizamos otro tipo de vulnerabilidad, otra situación que también destina sujetos a disputar espacios para no estar desvinculados

El hecho de ser asalariado le otorga al sujeto lo que se denomina soporte objetivo, lo integra socialmente a la vez que favorece el desarrollo y la proyección de su individualidad. Ser asalariado asegura tener un soporte social, es más que cumplir una tarea; el sujeto pasa a ser parte de una estructura mayor en la que incorpora formas de comportamiento que aseguran la cohesión social imprescindible como apoyo a la integración para la vida humana.

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En este marco se sustentan las recurrentes medidas solicitadas al gobierno cuando se reclama apoyatura económica, contención para aquellos trabajadores que se han visto desvinculados de sus ámbitos laborales formales. Pero a la vez se han realizado propuestas para que dicho sostén se ampliara a las tareas informales que, muchas veces de modo satelital, rodean o se requieren como apoyo a lo formal. En este último caso, por una doble causa, no es lo mismo el “quedate en casa” para quien percibirá un seguro de paro que para quien entra en un desamparo total. Reducir la movilidad no ocurre de modo aislado de consecuencias y, precisamente, serán estas las que determinarán cómo actuar, ya que no todos los hogares poseen iguales condiciones para sobrellevar sus propias realidades.

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En síntesis

Castel (1997) alude a Durkheim (1994) y sus análisis sobre la “solidaridad”, y a cómo este concepto dinámico, vinculante con otras acciones, permitiría un desarrollo social al que llama «pacto social». «A principios del siglo XX, la solidaridad debía convertirse en la asistencia voluntaria a la sociedad por ella misma, y el Estado social sería el garante.» (Castel, 1997:20)

En expresiones del autor encontramos un fuerte vínculo explicativo con la situación que hemos pretendido analizar como realidad social actual.

«En los albores del siglo XXI, cuando las regulaciones puestas en obra en el marco de la sociedad industrial se ven a su vez profundamente quebrantadas, es sin duda ese mismo contrato social lo que hay que redefinir, recomenzando desde el principio. Pacto de solidaridad, pacto de trabajo, pacto de ciudadanía: pensar las condiciones de la inclusión de todos para que ellos puedan tener comercio juntos, como se decía en tiempos de la Ilustración, es decir “hacer sociedad”.» (ibid.)

A más de un año de instalada la COVID-19 en Uruguay, diversas situaciones se han producido tanto a nivel macro como microsocial. Han sido meses de aprendizaje. La dinámica que ha tenido esta inesperada pandemia, que se fue colando y fue haciendo visibles daños concretos y, a la vez, daños colaterales, ha trastocado la vida del país, la vida de las familias y hasta de sus contactos más cercanos.

Los uruguayos hemos sabido sacar a la luz, revitalizar el pacto de la solidaridad y el pacto de la ciudadanía, pero el Estado no se muestra garante del pacto de trabajo; no ha demostrado, en la práctica, ningún acercamiento con las solicitudes y soluciones brindadas para hacer viable un pacto de trabajo que posibilite enfrentar la dura etapa cuyo desenlace no es sencillo de vislumbrar.

La vida posCOVID-19 ya no será igual.

Referencias bibliográficas
Referencia bibliográfica
BERARDI, Lilián (2017): “Cambios demográficos. Cambios en el mundo del trabajo. Cambios en la estructura familiar” en QUEHACER EDUCATIVO, Nº 141 (Febrero), pp. 83-87. Montevideo: FUM-TEP
CASTEL, Robert (1997): Las metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado. Buenos Aires: Ed. Paidós. En línea: https://aulavirtual4.unl.edu.ar/pluginfile.php/7097/mod_resource/content/1/castel-robert-la-metamorfosis-de-la-cuesti%C3%B3n-social.pdf
DURKHEIM, Émile (1994): La división del trabajo social. Barcelona: Ed. Planeta.
FOUCAULT, Michel (2002): Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI editores. En línea: http://www.ivanillich.org.mx/Foucault-Castigar.pdf
GARCÍA MONTEJO, Selva (2018): “Etiquetaje, estigmatización. ¿Marcas de una sociedad escasamente inclusiva?” en QUEHACER EDUCATIVO, Nº 149 (Junio), pp. 84-88. Montevideo: FUM-TEP.
GOFFMAN, Erving (2006): Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu editores. En línea: https://sociologiaycultura.files.wordpress.com/2014/02/goffman-estigma.pdf