Javier Alliaume
Tiempo de conocerse.
Primeras experiencias significativas.
La llegada de un niño en sus primeros años al centro educativo es un período intenso para todos: niños, familias y educadoras. Generalmente implica la
primera separación significativa del niño de su entorno familiar. Por ello es fundamental cuidar cómo transitamos esta fase, avanzando desde el concepto tradicional de “adaptación” hacia un enfoque más amable y participativo denominado “familiarización” (cf. Febrer y Jansà, 2011)
Familiarizarse significa establecer vínculos sólidos entre los niños, las familias, las educadoras y todo el equipo del centro. Este concepto implica una construcción mutua de relaciones, respetando los ritmos individuales de cada niño y cada familia.
Quinto Borghi (2010) enfatiza que la familiarización es un proceso de encuentro y reconocimiento mutuo, en el que todos los participantes, incluidos niños, familias y educadoras, co-construyen una nueva realidad compartida. El autor subraya que este proceso debe ser abordado desde una perspectiva reflexiva, observando cuidadosamente las particularidades de cada niño y ajustando constantemente las estrategias pedagógicas.
Es necesario comprender que el proceso de familiarización no es unilateral. Por el contrario, todos participamos activamente. Se organiza desde una perspectiva sistémica que reconoce la importancia de cada persona involucrada y la reciprocidad en las relaciones que se construyen. Así, se trata de un “tiempo para conocerse” que demanda planificación flexible y creativa, siempre considerando las particularidades individuales y grupales.
El proceso de incorporación al jardín implica, para muchos niños, separarse por primera vez de personas y lugares conocidos, y enfrentarse a nuevas rutinas, contextos sociales y ritmos diferentes. Para afrontar esta transición es fundamental brindar seguridad emocional desde el primer día, ya que esta experiencia inicial deja huellas significativas en su desarrollo emocional y social.
Al respecto, Guerra (2009) señala la importancia crucial de la intersubjetividad, entendida como la capacidad de compartir experiencias emocionales con otros. Esto implica la construcción de un entorno donde las interacciones estén marcadas por una empatía tónico-emocional entre adultos y niños, fomentando el reconocimiento mutuo y la confianza.
Para ello, el trabajo de la educadora es clave, ya que implica una sensibilidad especial hacia las señales y necesidades emocionales del niño. Según Salinas-Quiroz et al. (2015), la sensibilidad del cuidador es un factor fundamental para establecer relaciones de apego seguro. Los autores plantean que un cuidador sensible es aquel capaz de ver las cosas desde el punto de vista del niño, de negociar ante conflictos ajustándose a sus estados emocionales, lo que permite construir relaciones seguras que promueven la autonomía infantil de forma progresiva.
La confianza que las familias puedan desarrollar hacia la institución educativa y sus profesionales es crucial para el bienestar emocional de los niños durante el período inicial. Por lo tanto, su participación activa en este proceso es imprescindible.
En ese sentido, Etchebehere y Duarte (2012) señalan que la institución educativa debe estar receptiva y abierta a la cultura familiar, integrando elementos de la vida diaria del niño en la práctica educativa cotidiana. La familiarización implica entonces una bidireccionalidad donde la institución y las familias se ajustan mutuamente, y generan relaciones basadas en la escucha atenta, el respeto mutuo y la flexibilidad, para lo cual el diálogo franco, cercano y asertivo es fundamental.
Es esencial organizar encuentros previos, entrevistas individuales y permitir la presencia activa de las familias dentro de las salas y del centro. En este sentido, se recomienda iniciar el acercamiento entre el centro educativo y las familias desde momentos previos al ingreso formal, y generar espacios donde puedan intercambiarse expectativas, temores, modos de crianza y particularidades culturales que enriquecen el vínculo entre la familia y la institución.
Cuando un niño ingresa al centro, también lo hace su familia completa.
La relación familia-centro debe basarse en la corresponsabilidad, empatía y escucha activa. Es fundamental que las familias sean participantes genuinas del proyecto educativo aportando su conocimiento sobre el niño, y sean valoradas en sus expectativas y aportes culturales.
En este contexto, Mayol Lassalle (2005) refiere a la importancia de evitar que la participación familiar se convierta en algo meramente simbólico o una suerte de ritual burocrático. Se requiere, en cambio, una participación auténtica que permita compartir información relevante sobre el desarrollo del niño, acordar objetivos comunes y generar confianza mutua.
A continuación detallaremos algunas recomendaciones prácticas específicas para organizar de manera efectiva y sensible el período inicial, ampliadas con aportes importantes de diferentes autores que nos permiten pensar este tiempo tan especial en la vida de los niños y sus familias.
► Realizar entrevistas individuales previas con las familias, permitiendo conocer aspectos clave de la historia del niño, sus ritmos, preferencias y modalidades familiares de crianza (cf. Febrer y Jansà, 2011). Estas entrevistas deben ser abordadas con respeto, sin caer en invasiones, con la intención pedagógica de conocer al niño y su entorno, y construir relaciones de confianza con las familias desde el primer encuentro (cf. Alliaume Molfino, 2010). Además, se recomienda que estos primeros encuentros ocurran en un ambiente que las familias consideren cómodo, como su propio hogar, lo que favorecerá una comunicación fluida y auténtica (cf. Jubete Andreu, 1997).
► Establecer rutinas flexibles y ajustadas a las necesidades individuales, asegurar que las primeras experiencias de separación sean vividas desde la seguridad emocional, evitar rigideces o exigencias que generen estrés en los niños y en sus familias (cf. Mayol Lassalle, 2005). Es importante que estas rutinas sean acordadas en conjunto con las familias, integrando prácticas familiares como la alimentación, el sueño o los rituales de descanso, y que se flexibilicen en función del ritmo particular de cada niño (cf. INAU, 2023).
► Asegurar una comunicación permanente y abierta con las familias, invitándolas a compartir actividades cotidianas en el jardín o centro, especialmente actividades lúdicas que permitan tanto a los niños como a sus referentes familiares sentirse integrados y reconocidos en este nuevo contexto (cf. INAU, 2023). Este tipo de participación ayuda a las familias a comprender la propuesta educativa, favorece la construcción de vínculos afectivos entre los niños, los familiares adultos y los educadores, y aporta valiosa información sobre los modos de crianza familiares (cf. Etchebehere y Duarte, 2012).
► Favorecer el uso de objetos acompañantes o transicionales (peluches, mantas, chupetes) que funcionen como puente afectivo entre el hogar y la institución educativa, facilitando la transición emocional del niño (cf. Guerra, 2009). Estos objetos no solo proporcionan consuelo y seguridad, sino que permiten que los niños comiencen a establecer conexiones emocionales con el nuevo contexto desde una sensación de continuidad con su ambiente familiar (cf. Maquieira, 2007).
► Organizar despedidas claras y explícitas entre los niños y sus familias, evitando situaciones que puedan generar inseguridad o ansiedad (cf. Violante, 2009). En este sentido, la institución debe evitar prácticas como las desapariciones repentinas de los padres, ya que generan inseguridad en el niño y dificultan el proceso de familiarización. Las despedidas deben ser siempre explícitas, anunciadas y graduales, respetar los tiempos individuales de cada niño y asegurar que este comprenda que la separación es temporal y que habrá un reencuentro posterior (cf. Violante, 2009).
► Crear espacios cálidos y acogedores que inviten al niño a explorar, jugar y sentirse seguro, reconociendo que el ambiente juega un rol fundamental en la generación de bienestar y en la promoción de aprendizajes significativos (cf. Rosso, 2017). Estos espacios deben considerar las dimensiones físicas adecuadas al tamaño y a la movilidad de los niños pequeños, y promover su autonomía mediante la disposición de materiales accesibles y organizados en distintos sectores o rincones, que estimulen diferentes formas de juego y exploración autónoma (cf. Violante, 2009).
► Promover el acompañamiento gradual y personalizado durante el período inicial, en el que los niños puedan contar con la presencia y el apoyo directo de sus referentes familiares en los primeros días. Esto implica una planificación cuidadosamente elaborada y flexible, que permita que los niños aumenten progresivamente su tiempo en la institución, según lo vayan pudiendo sostener emocionalmente (cf. Salinas-Quiroz et al., 2015).
► Reconocer y respetar los diferentes ritmos y tiempos que cada niño y su familia requieren para atravesar este período, evitando las comparaciones y teniendo presente que cada niño vivirá esta transición de forma singular (cf. Guerra, 2009). Por ello, es esencial que las educadoras cuenten con estrategias para observar, escuchar y ajustar continuamente su intervención a partir de las necesidades y respuestas emocionales observadas en cada niño (cf. Salinas-Quiroz, 2016).
Estas recomendaciones prácticas permiten enfocar el período inicial como un proyecto compartido entre familias y educadoras, basado en la construcción colectiva de confianza, respeto mutuo y sensibilidad hacia las emociones y necesidades de los niños. Un tiempo fundamental que requiere atención especial, comprensión y planificación conjunta para lograr una transición que, en la medida en que sea gradual y segura, pueda ser vivida con alegría y confianza por todos los actores involucrados.
Las siguientes recomendaciones prácticas buscan organizar y gestionar con sensibilidad y efectividad el proceso inicial de familiarización.
► Asegurar tiempos específicos para que las familias estén dentro del aula, acompañando de cerca el proceso de integración inicial de sus niños. Esta presencia familiar, lejos de ser vivida como una dificultad, es una oportunidad valiosa para que los adultos compartan con las educadoras formas particulares de atención, juegos o cuidados cotidianos.
► Promover actividades compartidas con las familias dentro del aula como talleres lúdicos, encuentros o construcciones conjuntas de materiales didácticos que luego serán utilizados cotidianamente por los niños. Este tipo de propuestas fortalece la construcción de la confianza mutua, al tiempo que ofrece espacios de encuentro afectivo y distendido que facilitan la incorporación gradual del niño.
► Ofrecer una comunicación fluida y permanente con las familias mediante registros escritos cotidianos, libretas o pequeños informes diarios, así como espacios de diálogo en la entrada y salida del centro educativo. Esto permite a las familias conocer de cerca la vivencia de sus hijos en el jardín, lo cual favorece una continuidad entre la casa y la escuela, y genera un clima de confianza y respeto mutuo entre las partes.
► Realizar encuentros grupales periódicos entre familias y educadoras para evaluar y ajustar conjuntamente el desarrollo del período inicial. Estos espacios de diálogo permiten identificar dificultades tempranas, compartir estrategias exitosas, atender inquietudes familiares, y mantener una perspectiva común y enriquecida sobre la evolución del niño en el jardín.
► Organizar talleres específicos y encuentros lúdicos como estrategias de acercamiento afectivo entre familias, niños y equipo educativo. Estas instancias favorecen un clima de cooperación, confianza y comprensión recíproca, permitiendo así la creación de vínculos seguros que constituyen el sostén afectivo necesario para afrontar con éxito las primeras separaciones.
► Incorporar actividades simbólicas y juegos de imitación en los primeros días son herramientas fundamentales en el desarrollo emocional, cognitivo y social de los niños. La planificación educativa deberá contemplar estos juegos como parte central del proceso inicial, facilitar la apropiación y familiarización progresiva del niño con su nuevo entorno y con los adultos responsables.
Estas prácticas recomendadas contribuyen a un período de iniciación exitoso, en el que la sensibilidad, la organización, la escucha activa y la flexibilidad por parte de todos los involucrados resultan fundamentales. En estos primeros días no solo estamos acompañando una separación o facilitando el ingreso a una institución educativa, sino también estableciendo relaciones afectivas sólidas y ofreciendo experiencias emocionales positivas y aprendizajes significativos que acompañarán al niño durante toda su trayectoria educativa.
En definitiva, comenzar bien este proceso implica crear un ambiente cálido, abierto a la participación y al diálogo permanente entre educadoras y familias, donde cada niño pueda sentirse seguro, comprendido y acompañado. Es a partir de esta comunicación empática y este encuentro respetuoso y sensible con cada familia y cada niño que se construyen las bases para una relación educativa exitosa, respetuosa de la diversidad y promotora del desarrollo integral de niños y niñas durante toda su etapa inicial.
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■ Un encuentro afectivo de familiarización mutua. La adaptación no debe entenderse como algo rígido y unilateral, sino como un verdadero encuentro afectivo, un espacio donde todos se familiarizan mutuamente día a día, en el cual es imprescindible la participación activa de las familias. Esta relación se construye con compro- miso y respeto entre todos los involucrados. |
■Participación activa y corresponsabilidad de las familias. La iniciación debe ser entendida como un proyecto colaborativo en el cual tanto la familia como la institución educativa compartan responsabilidades concretas, favoreciendo la creación de vínculos de confianza mutua y respeto. Esto se concreta mediante la presencia activa de las familias desde los primeros días, compartiendo el descubrimiento y la apropiación del nuevo espacio. ■La importancia de las condiciones institucionales y materiales. Durante el período de iniciación es necesario planificar cuidadosamente escenarios que favorezcan el juego, la exploración autónoma y la creación de ambientes cálidos y confiables. La participación conjunta entre educadores, niños y familias en la organización del espacio educativo garantiza que los niños perciban la institución como un lugar acogedor y atractivo, al que desean regresar. ■Cuidado de la dimensión emocional de todos los involucrados. La intersubjetividad, entendida como la capacidad para compartir y comprender estados emocionales con otros, es determinante durante la etapa inicial. Las protoconversaciones, los juegos cara a cara y la empatía hacia las emociones de niños, familias y educadores, crean un ambiente emocionalmente seguro que posibilita una adaptación saludable. ■Mirada integral y respeto a la diversidad familiar. El diálogo fluido y constante entre familias y educadores, respetando la diversidad de con- figuraciones familiares existentes, es sustancial. Este diálogo debe sustentarse en la corresponsa- bilidad, generando acuerdos que favorezcan una integración emocionalmente segura y continua del niño entre el hogar y el centro educativo. ■Valor del juego como estrategia educativa y vincular. El juego es clave durante el período inicial porque permite al niño expresar emociones, explorar el entorno y establecer vínculos afectivos significativos con pares y adultos. Es tarea del educador diseñar experiencias lúdicas significativas, propiciando un ambiente emocionalmente estimulante que asegure el bienestar integral y potencie el desarrollo del niño. |

