Gabriela Presa
Maestras. Formadoras en Primera Infancia.
Paola Canclini
Maestra de Educación Inicial.
Este trabajo surge a partir de haber realizado un curso acerca del desarrollo integral y sus cuidados en la primera infancia, donde diferentes técnicos y profesionales pusieron énfasis en evidenciar y transmitir la importancia de la música en el desarrollo del neonato, del bebe recién nacido y de toda la primera infancia. Como maestras y profesoras de formación docente de MPI (Maestro de Primera Infancia), nos despertó el interés de compartir con los demás maestros y profesores de qué se habla cuando se dice “paisaje sonoro”, musicalidad, y su importancia en la crianza y la educación de las infancias y sus familias. En función de lo mencionado nos planteamos las siguientes interrogantes:
▪ ¿Qué es el paisaje sonoro?
▪ ¿Qué beneficios se obtienen al tener en cuenta la música en las primeras etapas de la crianza?
▪ ¿Cómo se vive la música en las instituciones educativas de primera infancia?
▪ ¿Cuál es el lugar que ocupa la familia en la construcción de la memoria sonora de las infancias?
Diferentes paisajes sonoros rodean al ser humano desde la vida intrauterina hasta la muerte.
Es todo aquello que percibe, que escucha, que siente, sonidos que lo rodean, ritmos que le son propios como el latir de su propio corazón o el de la madre cuando está en su vientre, la respiración del adulto que le cuida cuando lo coloca sobre su pecho, el del llanto que va descubriendo, las voces que reconoce porque lo acompañan desde el comienzo, una canción, un ruido que lo altera, o un sonido que le es tranquilizador. Todos aquellos sonidos que son propios de un momento y de una situación, de un lugar, del entorno en el que se desarrolla la vida de los seres humanos. El paisaje sonoro está en continuo cambio y tiene alteraciones.
Schafer (2013) define el concepto de paisaje sonoro haciendo referencia a los sonidos producidos en un espacio dado, con una lógica o un sentido que les brinda el entorno social en el que se suceden y que además señalan la evolución de dicho entorno o dicha sociedad.
El autor apela a este concepto para describir todo aquello que rodea al ser humano en el día a
día, para nombrar el ambiente acústico en el que está inmerso. Se asocia con la facultad visual
aquello que vemos que representa un entorno determinado, pero el paisaje sonoro implica la
facultad auditiva, lo que se escucha de lo que nos rodea que, si bien no se ve, se vincula a determinados elementos visuales y que corresponden a un contexto o una situación dada.
Un paisaje sonoro puede ser artificial o natural, propio o externo. Puede encontrarse en la naturaleza o ser creado artificialmente en un momento y un lugar específicos. El ambiente
sonoro de una sociedad constituye una manera de conocerla; a través de él es posible
obtener información que la describa. El paisaje sonoro es inseparable de la vida del ser
humano, es considerado una parte integral del entorno de vida.
El sonido es una necesidad existencial, es decir, los paisajes sonoros son esenciales para el bienestar no solo como música, sino como parte integral de nuestras situaciones cotidianas.
A pesar de ello, muchas veces no escuchamos qué es lo que sucede a nuestro alrededor.
Si no prestamos atención a los sonidos que nos acompañan, no los identificamos, no reparamos en cuáles resultan molestos y cuáles no, tampoco en su porqué, y así confundimos ruidos con sonidos.
Una experiencia relatada por Celentano, Zerpa y Brum (1996) tras la investigación y el trabajo en talleres con las comunidades de familias de niños y niñas de diferentes barrios de Montevideo confirma cómo la memoria sonora construye la identidad cultural de las personas.
¿Qué beneficios se obtienen al tener en cuenta la música en las primeras etapas de la crianza?
El ser humano es un ser musical; la musicalidad es humana, la música no solo viene del afuera, sino que es intrínseca al organismo, es propia de su cuerpo, sus ritmos, sus sonidos, su pulso.
«Cada uno de nosotros es también TODO lo que ha escuchado, aun desde antes de nacer. Esto es un hecho, con dimensiones individuales y colectivas. Así vamos por el mundo con nuestra huella de identidad sonora, tan clara y definible como nuestras propias huellas dactilares. Huella que marcará en forma indeleble nuestra identidad personal y cultural, nuestro acontecer estético, y nuestros gustos y opciones.» (Brum, 2014:23)
El autor también hace referencia a la determinante acción que poseen los sonidos que acompañan la vida intrauterina en la conformación de la afectividad y de las capacidades a desarrollar.
El bebe comienza a percibir, a sentir, a vivir la musicalidad desde el período intrauterino. Los sonidos que le llegan a través de su madre, de su cuerpo, de la alimentación por el cordón
umbilical, lo van formando como ser musical. Y va creando respuestas. Es así que para su crecimiento es fundamental el desarrollo de la escucha, de su sonoridad.
Como señala Vilar i Monmany (2004:9), «...la música se considera un lenguaje y, en tanto que lenguaje, se convierte en un instrumento de expresión individual...». Es entonces la música uno de los primeros lenguajes que percibe el ser humano desde sus etapas más tempranas. Y así comienza a formar su musicalidad, un lenguaje fundamental que va a permitirle crear relaciones con otros.
«Vale decir: ¡SOMOS LO QUE ESCUCHAMOS!
Es interesante observar que cuando logramos conectarnos con esa “huella sonora” lo hacemos refiriéndonos a ese paisaje sonoro desde la afectividad más profunda hablando de timbres de voces, la voz de la madre o del abuelo, aquel sonido del portón del fondo, el ladrido del primer perro, el sonido de las botellas de vidrio, el pregón del heladero, una canción en la radio, o quizás, ¿el timbre del microondas? En el futuro cercano.» (Brum, 2014:23)
La música como lenguaje crea vínculos, y el primer vínculo que establece es el fundamental, el de la familia con su hijo. Y este en su desarrollo generará nuevas relaciones a partir de sus experiencias. El ambiente sonoro permite que el bebe experimente, conozca, perciba, busque, crezca.
En su crianza, la música es un motor para el desarrollo de variadas funciones, la motora, la
sensorial, la social, la emocional y el lenguaje. La música como forma de juego, como compañía, como lenguaje, aquella que le brinda calma, que lo vincula consigo mismo y con los demás, con la que crea experiencias que le serán favorecedoras en su desarrollo.
Por todo ello, la música, el paisaje sonoro que rodea al ser humano desde su concepción es fundamental en el desarrollo integral del ser humano (cf. Giacobone y Licastro, 2015).
Es esencial considerar el rol de los cuidadores y educadores, ya que si bien niños y niñas nacen con la capacidad de percibir y expresarse a través de la música, es necesaria su presencia para que les transmitan y signifiquen las distintas experiencias musicales a efectos de que estas se desarrollen.
¿Cuál es el lugar que ocupa la familia en la construcción de la memoria sonora de las infancias?
«...el papel de los padres y madres y los educadores infantiles es fundamental. Son ellos quienes pueden y deben ayudar a los niños y las niñas a conectarse con el mundo sonoro
que les rodea. Así, desde el nacimiento (o incluso antes), debemos ser conscientes de la importancia de ofrecer diversos estímulos musicales a los más pequeños y de “enseñarles”
música del mismo modo en que les enseñamos a hablar, es decir, de una manera natural, proporcionándoles oportunidades para observar, escuchar, experimentar, copiar modelos y comunicarse. Si no lo hacemos, habremos perdido un tiempo sumamente valioso y lleno de oportunidades que no podrá recuperarse.» (Akoschky et al., 2008:14)
La música está unida a lo afectivo, a lo emocional, al sentir del ser humano.
La familia es el primer lugar seguro del bebe recién nacido; sus sonidos, sus tonos de voz, el
jugar de los hermanos, los ruidos que existan en ese hogar, aquellos donde encontrará seguridad y calma, conformarán entonces el paisaje sonoro de ese bebe. Desde muy temprana edad, y desde antes de nacer, la música puede ser un instrumento maravilloso para lograr apego, calma, tranquilidad.
Las canciones de cuna ayudan a conciliar el sueño del niño pequeño atenuando tensiones, estrés, disminuyen las inseguridades, transmiten calma y son un elemento de identificación familiar.
La familia es el primer lugar donde el bebe construye su conocimiento de la realidad, y lo hará a través de las primeras experiencias que tenga. Las canciones de cuna, cantadas por sus referentes más cercanos, serán muy importantes en esta etapa, conformarán una de las experiencias más enriquecedoras que le causará placer y paz a la hora del sueño.
A lo largo de su desarrollo, estas experiencias musicales seguirán siendo un pilar fundamental
en la conformación de sus aprendizajes, formarán parte natural del proceso tanto en el
ámbito familiar como en el de las instituciones educativas.
El rol de los cuidadores primarios de ese bebe es fundamental en la transmisión de la musicalidad, de los sonidos, del canto, de las canciones de cuna, para que se sienta en un ámbito lo más cercano posible a su familia y su hogar.
¿Cómo se vive la música en las instituciones educativas de primera infancia?
Serían innumerables los casos en que la música es parte esencial de las salas de primera infancia. Un ejemplo claro está en la primera etapa del ingreso al jardín maternal; en esa iniciación donde se comienza a gestar el vínculo de confianza y afecto entre los adultos referentes de la sala y el niño, los educadores recurren con mucha frecuencia al paisaje sonoro
que brinda la naturaleza en el lugar donde se encuentran. En las salas en las que hay ventanales, un patio con árboles y plantas, donde se escucha el sonido del viento, el crujir de hojas, el canto de pájaros, dirigir la atención de ese bebe llorando, incómodo, hacia esos elementos naturales, logra calmarlo y distraerlo de esa situación. Es sorprendente cómo dirige su atención a ese paisaje sonoro natural, conocido, que lo deja expectante, escuchando y observando atentamente, disfrutándolo. Un paisaje de donde en ocasiones se desprende una canción, un verso, un juego cantado, un relato con entonación y musicalidad que irá construyendo su memoria sonora.
Otra situación se puede dar en el horario del descanso, momento de elegir y seleccionar melodías y música con letras que refieren al sueño, al reposo, canciones de cuna para acompañar y crear un ambiente tranquilo, acogedor, que lo envuelva e invite a la relajación.
Esa reproducción sonora que siente propia, que le da seguridad, le anticipa lo que va a suceder, hace parte de sus rutinas, favorece el empoderamiento del lugar, del espacio habitado. En esa situación de descanso existe un paisaje sonoro, porque siempre habitamos en uno, incluso durmiendo.
Cuando trabajamos en Primera Infancia, con niños y niñas de tres a cinco años, el uso de la música también está presente durante todo el hacer diario del docente. El paisaje sonoro que
habitamos es variado, y propio de cada momento y de cada lugar. Hay otros que elegimos crear y resignificar en diferentes ocasiones para distintas actividades. Es la música un lenguaje expresivo que forma un fuerte vínculo afectivo, que favorece la palabra, el movimiento y los silencios.
Si además hacemos referencia al trabajo con niños y niñas que presentan diferentes trastornos del desarrollo, la música es el vehículo para lograr la cercanía, la empatía, la mirada y la calma en innumerables ocasiones. Un paisaje sonoro determinado puede ser el ambiente que lo contenga, que le sea propio; alguna música, algún sonido natural o algún ritmo creado al golpear, mover, sacudir elementos, puede ser lo que le permita vincularse con el otro.
Es por ello que el valor de la música como recurso para el trabajo con las infancias es indispensable.
Por todo lo expresado anteriormente, creemos importante que la música y la musicalidad sean parte fundamental en la vida de los sujetos, desde antes de nacer y en todo su recorrido.
La música es integrante constante de la vida cotidiana, nos acerca al lenguaje en las primeras etapas del desarrollo, los primeros encuentros y vínculos a través de ella crean momentos imborrables en la memoria emocional. Las experiencias compartidas, los paisajes sonoros que rodean y envuelven a las infancias brindan seguridad, confianza, familiarizan los espacios, lo cual permite habitarlos y apropiarse de ellos.
La música debe ser parte viva en los centros educativos, estar en todo momento, en las voces de los referentes adultos y en dispositivos para escucharla, en los juegos, en momentos de
descanso, de alimentación, como compañía y protagonista para a través de ella poder lograr
confianza, alegría, risas, disfrute, aprendizajes y todo lo que hace a este tiempo de la niñez.
Consideramos que es fundamental promover espacios para que las familias jueguen, se encuentren y reconozcan con sus hijas e hijos, con la música y a través de ella. Y así construir juntos –el centro educativo y las familias– memorias sonoras para fortalecer el vínculo necesario e imprescindible en la educación y el cuidado de la primera infancia.



