Patricia Cruxén
Maestra directora de jardín de infantes. Sauce (Canelones).
«...la cultura humana brota del juego –como juego– y en él se desarrolla.»
Huizinga (1972:7-8)
Resumen
Las personas de todas las culturas hemos jugado a través de la historia. En el proceso de socialización y aprendizaje, el juego es un elemento fundamental.
Los aportes realizados por las neurociencias en estos últimos años así lo indican, y constituyen un marco de sustento en el que fundamentar la afirmación de que juego, cognición y aprendizaje son tres elementos altamente significativos en el desarrollo de los primeros años de vida. Asimismo, el reconocimiento del derecho al juego en la Convención sobre los Derechos del Niño ilumina el lugar privilegiado que lo lúdico debería ocupar en el ámbito educativo.
«Artículo 31
1. Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes.
2. Los Estados Partes respetarán y promoverán el derecho del niño a participar plenamente en la vida cultural y artística y propiciarán oportunidades apropiadas, en condiciones de igualdad, de participar en la vida cultural, artística, recreativa y de esparcimiento.»
(UNICEF Comité Español, 2006:23-24)
En este sentido y porque consideramos a los niños y niñas 1 sujetos de derecho, es esencial que pongamos al juego en el centro de la escena y observemos genuinamente qué espacio ocupa en nuestras propuestas.
Todos adherimos sin dudar a la relevancia y los beneficios que el juego tiene, y en el discurso reivindicamos su valor y vitalidad, pero ¿qué pasa en las aulas y en las instituciones?, ¿cómo se materializa? ¿Se puede visibilizar un diálogo entre esa teoría que llevamos como bandera y las prácticas cotidianas?
Estos dos últimos años de pandemia les han quitado a los niños infinitas oportunidades, arrebatándoles tiempo, momentos y experiencias clave en etapas tan decisivas y sensibles, lo cual pudo obstaculizar el desarrollo pleno de sus potencialidades.
«La infancia es ese tiempo travieso e impaciente en que la ficción debe ganarle un poquito a la realidad, porque necesita crear miles de experiencias sensibles para armar lo que será el cimiento más fuerte y sólido del sujeto por advenir. Para ello, necesita disponer de tres elementos fundamentales: el juego, la imaginación y un mundo lo suficientemente bueno y libre. De los dos primeros se encargarán los niños, el último debemos garantizarlo nosotros, los adultos...» (Rocha, 2021)
Nuestras infancias están en juego
Los tiempos de los niños son ahora, por eso es invaluable cada minuto en que les garanticemos su derecho a transitar ambientes donde sean parte de la construcción de vivencias oportunas, interesantes y con sentido.
Los jardines de infantes y los equipos docentes estamos llamados hoy más que nunca a resignificar y repensar el lugar del juego en la educación inicial.
Se hace urgente mirar con ojos de infancia y el compromiso de defender la alegría, de garantizar el derecho al juego, de recuperar su ineludible valor para el desarrollo de propuestas que hagan posible la construcción de aprendizajes significativos e interesantes, potenciando una formación holística.
Actualmente nos encontramos ante el desafío de volver a situar el juego en un lugar privilegiado de los primeros años de la infancia, con nuevas miradas para pensar lo lúdico desde el campo pedagógico (el juego como método, contenido, recurso, derecho) y plantear propuestas que provoquen, que motiven. Esas que invitan al encuentro y al movimiento. Esas que dejan sonrisas en los rostros, palabras, y aprendizajes compartidos desde una enseñanza responsable…
El juego es una forma propia del pensamiento infantil y está vinculado con la construcción del significado de las cosas. Mientras juega, el niño asimila, acomoda, internaliza y reconstruye el mundo social. Pensar, sentir, hablar y hacer se conjugan de manera integral cuando hay espacios y tiempos de permiso, y confianza para jugar.
«Si el niño es portador de teorías, interpretaciones, preguntas y es co-protagonista de los procesos de construcción del conocimiento, el verbo más importante que guía la acción educativa ya no es hablar, explicar, transmitir, sino escuchar.» (Rinaldi, 1998:8)
El campo lúdico es inmenso y las posibilidades son infinitas, por esta razón estoy convencida de que desde y en el juego está la llave que abre las puertas a descubrir otros caminos para la innovación educativa. Lo fundamental es dar el primer paso reflexionando y repensándonos con mirada crítica. ¿Qué y cómo enseñamos? ¿Estamos poniendo a los niños en el centro, respetando sus tiempos, intereses y formas de aprender? ¿Qué lugar ocupa el juego en nuestras propuestas pedagógicas? ¿Qué es el juego? A jugar, ¿se aprende?
Compartir experiencias concretas de propuestas realizadas a la luz de los aportes teóricos que han avanzado en el estudio del complejo proceso de aprender es un buen inicio para profundizar y, por qué no, construir conocimiento.
En este sentido intentaré compartir una experiencia lúdica expresiva y sustentable que es el juego con piezas sueltas o, como me gusta llamarle, “los tesoros perdidos”. La idea de “las piezas sueltas” nace a partir de un artículo publicado por el arquitecto inglés Simon Nicholson en 1971.
Pese a que hayan transcurrido más de cincuenta años, hace relativamente poco tiempo que esta publicación está adquiriendo protagonismo y valor, tanto desde los espacios de educación formales como no formales.
Si bien el autor no era maestro ni pedagogo, las pedagogías activas que tomaban fuerza en el contexto histórico de la época sin dudas tuvieron gran influencia en su perspectiva y en su mirada hacia los niños y el proceso de aprendizaje.
La idea central que planteaba es que todos somos seres potencialmente creativos, pero el sistema nos va coartando, sembrando la idea en nosotros de que la creatividad es un don de unos pocos elegidos. «En cualquier entorno, tanto el grado de inventiva y creatividad como la posibilidad de descubrimiento, son directamente proporcionales al número y tipo de variables que haya.» (Vela, s/f:1)
Esto es, si todos tenemos las herramientas adecuadas, propiciadas por el contacto con el ambiente y sus recursos, seremos potencialmente creativos. Cuantas más oportunidades y variables estén implicadas, más rico será el equipaje del desarrollo creativo. Cada niño tiene su propia forma de percibir el mundo, y es a través del juego que lo conoce y lo transforma creativamente.
Los avances científicos y los aportes de las neurociencias afirman que el juego es la tecnología innata del aprendizaje más potente jamás conocida, por lo que es necesario repensar su lugar desde los espacios educativos.
Las piezas sueltas: en busca de los tesoros perdidos
Jugar con piezas sueltas nos sitúa en un territorio diferente de entender los procesos de enseñar y de aprender, habilitando experiencias pedagógicas innovadoras donde arte, juego y lenguajes expresivos establecen una sinergia potenciadora de aprendizajes desde una mirada para la educación ambiental y el desarrollo sostenible. No es una metodología, sino una filosofía respecto al juego y al respeto profundo por los niños, sus intereses, sus tiempos y formas de aprender.
¿Qué son las piezas sueltas?
Si todos pensamos en nuestra propia infancia, nos vendrán a la memoria imágenes de juegos en los que una rama, los coquitos caídos del árbol, una caja de zapatos y unas cuantas piedras podían ser el vehículo para tardes eternas de juego sin límites.
«Siempre he pensado que la arcilla es el mejor juguete del mundo, porque no es nada y puede convertirse en todo...» (Tonucci, 2012:111)
Eso son materiales no estructurados, polivalentes. Cosas, elementos, objetos (concretos como tubos de cartón o abstractos como la luz) y más, el único límite es la imaginación del jugador que transforma las piezas y las combina en la acción lúdica. Estas piezas son los ingredientes para la creación de escenarios más complejos a partir material muy básico. El juego de explorar y descubrir las diferentes posibilidades de los objetos y la infinidad de sentidos que pueden adquirir es posible si entendemos la estrecha relación entre motivación, curiosidad, asombro y conocimiento. Habilitar escenarios y espacios lúdicos con este material les va a aportar variadas experiencias creativas que estimulan la autonomía y el sentido de autoestima que es tan fundamental desarrollar hoy más que nunca. Vivencias donde el error es impulso para intentar y probar nuevos caminos tantas veces como se quiera y necesite. Los instrumentos y materiales utilizados son infinitos, se crean las oportunidades para que los niños se relacionen con estos objetos de fin abierto que adquieren la forma de la imaginación de quienes los resignifican, probando constantemente su versatilidad y explorando su naturaleza dinámica. «...todos los niños vienen preparados para aprender lo que necesitan saber del mundo jugando con objetos cotidianos.» (Vela y Herrán, 2019:23) El rol del docente radica en poder estar atento, escuchar, ponerse los lentes de la oportunidad, y situar la mirada desde y para las infancias.
Un punto fundamental que hace a esta propuesta adquirir una perspectiva sostenible al reinventar el juego y los juguetes desde un ángulo más responsable, amable y respetuoso con el medioambiente, radica en la reutilización de material de descarte industrial haciendo de él un uso creativo; al igual que en la selección y la colección de aquellos tesoros que brinda el mundo natural, posibilitando una relación desde lo sensible que colabora en la tan necesaria construcción de la conciencia ambiental.
Es más que sabido que uno cuida lo que quiere, lo que representa un valor desde la emoción que despierta.
Al decir de Tonucci (2012:57), «...la educación ambiental no se enseña, sino que se hace». Los mejores juguetes son biodegradables y efímeros, agua, piedras, palos, arena, caracolas, hojas, semillas... nos permiten conectarnos con el entorno de una forma ancestral.
Numerosos estudios muestran distintas dificultades de aprendizaje y problemas emocionales de nuestro tiempo, vinculados a la sobresaturación urbana que desconecta a las personas de los ciclos de la naturaleza.
«Las piezas sueltas son una herramienta fantástica para crear una conciencia viva sobre el valor del material y sus infinitas posibilidades. Quizás una vía hacia la sostenibilidad de nuestro estilo de vida consista en aprender a mirar con otros ojos unos tapones de plástico (...); verlos como los verdaderos tesoros de abundancia que son...» (Vela y Herrán, 2019:26)

