Lilián Berardi
Maestra. Mag. en Sociología. Docente Investigadora
«...hechos sociales totales (...) En algunos casos, ponen en juego a la totalidad de la sociedad y de sus instituciones [...] Estos problemas son al mismo tiempo jurídicos, económicos, religiosos, e incluso estéticos...»
Mauss (1979:258-259)
Cada pandemia ha dejado sus secuelas a lo largo de la historia; por diferentes factores, algunas más conocidas que otras. Esta vez se trata de la COVID-19, causada por el SARS-CoV-2; un virus que llega a un mundo globalizado, lo que hace viable y visible que atraviese el planeta en muy poco tiempo.
«En este fenómeno social “total”, como proponemos denominarlo, se expresan a la vez y de golpe todo tipo de instituciones: las religiosas, jurídicas, morales –en éstas tanto las políticas como las familiares– y económicas, las cuales adoptan formas especiales de producción y consumo, o mejor de prestación y de distribución, y a las cuales hay que añadir los fenómenos estéticos a que estos hechos dan lugar, así como los fenómenos morfológicos que estas instituciones producen.» (idem, p. 157)
Y todo ocurrió muy rápido... la llamamos epidemia mientras se la conoció como un brote localizado. Se fue haciendo público el reporte de algunos países, de algunas localidades y ciudades, pero todo parecía muy lejano. En cuestión de días fue creciendo la preocupación ante el aumento de casos y la expansión sin fronteras.
La presencia del virus a nivel internacional produjo alarma e incertidumbre, y de este modo su denominación cambió a pandemia. Así, el brote inicial y localizado adquiría una nueva configuración. Se estaba ante un brote sanitario, pero ya con miras a calificarlo como multidimensional.
La COVID-19 muestra una capacidad acelerada de contaminación y expansión, pone al mundo en alerta roja. Los afectados poseen caracteres sociales, económicos y culturales diversos, lo que hace impredecible asociar dicha expansión coligada a situaciones particulares; solo edades avanzadas y patologías previas empiezan a ser condiciones empíricas afiliadas.
Para Uruguay es un fenómeno nuevo, cuyo único antecedente se encuentra en 1918, relacionado a los casos de la llamada gripe española cuando se produjo la llegada de inmigrantes contagiados.
Este hecho emergente, que se expande sin control, muestra rápidamente un comportamiento multicausal a la vez que multidimensional. Si bien debe reconocerse que el marco conceptual se desarrolla en un escenario sanitario, claramente lo trasciende porque las consecuencias se generalizan rápidamente.
La pandemia despierta y compromete al mundo en tiempo récord, sacude miradas sobre otras realidades que no estaban previstas en los específicos ámbitos sanitarios. Las consecuencias sociales se hicieron notorias.
En nuestro país se reacciona con celeridad, reaparecen las prácticas de solidaridad social. La paralización de actividades produce efectos colaterales, se alteran rutinas laborales, culturales, religiosas y sociales en un sentido amplio.
Los efectos de la pandemia, que hemos calificado como multidimensionales y multicausales, nos abren el camino para pensar desde la mirada sociológica.
La situación coloca al sistema sanitario mundial en la cornisa, lo enfrenta a resoluciones, diagnósticos, lo supera ante condiciones materiales que son insuficientes, y en esto compite el primer mundo casi de modo parejo con otras realidades.
En los ambientes hospitalarios se producen situaciones que superan sus funciones propias, esas que asociamos con atención primaria de salud, realidades que bien podemos reconocer como sociosanitarias, pero ese eje de atención se dinamiza hacia otros requerimientos y ahí está el nicho que nos interesa analizar.
Surge un contexto novedoso que requiere intervención de otras disciplinas que no estaban tradicionalmente consideradas, pero que ahora resultan imprescindibles para el apoyo integral a los contagiados, pero a la vez involucran a quienes prestan sus servicios en diferentes funciones en estos centros.
Ahora, el blindaje habitual que tradicionalmente se reconocía en los espacios de la medicina ya no es posible: se resquebraja esa suerte de protección que imponían los profesionales, porque se requieren otras ayudas. La situación obligó a abrir puertas, fue imprescindible la colaboración de otros técnicos también vinculados con la salud, aunque desde otra perspectiva.
La angustia y la depresión invadieron el entorno no solo externo, sino también interno de los lugares de atención sanitaria. Ya no solo se reconocía la afección física, era preciso contener lo psíquico; decaía el personal sanitario junto a las familias involucradas. El mundo se aturdía ante aquellos números que resumían: contagiados, fallecidos, camas ocupadas, tendencia a la saturación hospitalaria y falta de medicinas.
A nivel mundial solo trascendían datos numéricos; la estadística dejaba fuera la mirada sobre las consecuencias humanas en contagiados, allegados, familiares y equipos sanitarios de primera línea. Se tardó mucho en comprender que la COVID-19 generaba situaciones multicausales que, a la vez, eran multidimensionales y que así se producían escenarios nuevos.
Los datos cualitativos, casi ocultos, generaban una grave situación paralela. Ese virus, con diseño de corona tentacular, era tan real que diezmaba de modo acelerado.
Lo individual y lo social se retroalimentan ante un reto que no es nuevo para la sociedad uruguaya. Organizaciones de diferentes prestaciones, así como de distinto origen de creación, conjugan su aporte. El sistema político, el religioso, junto a actores sociales individuales así como otros sindicalizados, por tanto con un nivel de organización conformado, sintetizan un cinturón de contención ampliado.
La teoría siempre está presente, y en este caso en aportes de Mauss (1979) con la expresión hecho social total. Este autor de significativos aunque poco conocidos aportes a la teoría sociológica, realizados en los inicios del siglo XX, señaló la existencia de eventos complementarios. Había sucesos que tenían origen y posterior desenvolvimiento, en los que se involucraban diferentes ámbitos sociales.
¿Por qué entonces hablar de hechos sociales totales? Son acontecimientos que involucran al sujeto de modo individual, pero a la vez al entorno en el que se desarrolla su vida, sus actividades. Son acontecimientos tanto privados como públicos, enmarcados en diferentes escenarios: políticos, sociales, religiosos, entre otros.
Interpretar a Marcel Mauss nos permite afirmar que estos hechos poseen un amplio espectro como situaciones de acción y reacción. Permiten comprender la vida de los sujetos en su desarrollo no solo social, sino también biológico y psíquico. Estos hechos son envolventes de la individualidad, contaminan la existencia y la determinan.
¿Por qué los relacionamos con la situación de pandemia? Porque se reconocen en situaciones que trascienden lo específicamente sanitario, hoy objeto de estudio específico, porque determinan acciones sociales no solo de amplia trascendencia, sino que se les distingue por cómo traducen el peso social en lo individual.
Mauss es un seguidor académico de Émile Durkheim (1858-1917), no se aleja de la concepción de este sobre los hechos sociales y su significación para los individuos, pero aporta una lectura de análisis sociopolítico a la vez que metodológico más específico. En la reacción social ante la situación de pandemia es posible reconocer relaciones de diversa índole, ya que de hecho se trastoca el andamiaje político-económico de las sociedades. Si bien en la dinámica social, los sujetos solo se convierten en hacedores activos e innovadores, lo hacen de modo reglado porque la imposición de lo social está incorporada a sus vidas. En este aspecto podemos encontrar la similitud con el planteo durkheimiano en el sentido de que lo social está por encima de lo individual. La pandemia forzó a la superación de las representaciones individuales, cobraron fuerza las representaciones colectivas.
Aunque en lo visible –y en oportunidades por ser manejadas políticamente– solo sean publicitadas no solo social, sino también biológico y psíquico. Estos hechos son envolventes de la individualidad, contaminan la existencia y la determinan. ¿Por qué los relacionamos con la situación de pandemia? Porque se reconocen en situaciones que trascienden lo específicamente sanitario, hoy objeto de estudio específico, porque determinan acciones sociales no solo de amplia trascendencia, sino que se les distingue por cómo traducen el peso social en lo individual. Mauss es un seguidor académico de Émile Durkheim (1858-1917), no se aleja de la concepción de este sobre los hechos sociales y su significación para los individuos, pero aporta una lectura de análisis sociopolítico a la vez que metodológico más específico. En la reacción social ante la situación de pandemia es posible reconocer relaciones de diversa índole, ya que de hecho se trastoca el andamiaje político-económico de las sociedades. Si bien en la dinámica social, los sujetos solo se convierten en hacedores activos e innovadores, lo hacen de modo reglado porque la imposición de lo social está incorporada a sus vidas. En este aspecto podemos encontrar la similitud con el planteo durkheimiano en el sentido de que lo social está por encima de lo individual. La pandemia forzó a la superación de las representaciones individuales, cobraron fuerza las representaciones colectivas. Aunque en lo visible –y en oportunidades por ser manejadas políticamente– solo sean publicitadas aquellas acciones y conductas individuales, lo colectivo ha tenido mucha trascendencia, en general con fuerte eje en la solidaridad, y con formas explícitas como las ollas populares.

El sistema sanitario adquiría un papel protagónico. La sociedad, las pequeñas comunidades, los barrios manifestaban su reconocimiento a una tarea que estaba saturando sus recursos humanos. También se viralizó la forma de reconocimiento, y así aparecieron novedosas maneras de acompañamiento a la labor de los servicios de salud.
Las personas dejaron de ser solo cuerpos contagiados, investigados en una sola dirección, en este caso la sanitaria. La anatomía y su complemento, la fisiología, ciencias que estudian estructura y funciones, relación entre los órganos, debieron trascenderse porque fue necesario asumir que las personas eran también cuerpos sociales. Los saberes sobre la vida de los sujetos se convocaron casi de modo mágico y se mezclaron en la específica atención sanitaria. Se rompía el blindaje médico tradicional: a la túnica blanca se le sumaba la labor de otros técnicos. Algunas representaciones sociales dejaron de interpretarse como particulares, como propias de ciertos ámbitos o individuos. En este sentido resulta de interés la argumentación de Mauss, cuando refiere a hechos sociales totales.
En estos meses fue evidente observar cómo se movía el eje de la ciencia, no alcanzaba con explicar, había que comprender. La búsqueda de regularidades no pasó a segundo plano, pero debió ser enmarcada en atención a nuevos escenarios.
La idea clásica, fundada extensamente por Durkheim con referencia a los hechos sociales calificados como formas de sentir, hacer y pensar impuestas de modo externo al sentir del individuo, es complementada por el aporte de Mauss. Los hechos sociales totales se interpretan y se comprenden enmarcados en instituciones religiosas, así como en ámbitos económicos, jurídicos y morales, que también se imponen en la vida de los individuos. Vale aclarar que para Mauss cohabitan dimensiones individuales y sociales, comprometidas en espacios privados y públicos.
La pandemia impuso formas de hacer, de pensar, de sentir y actuar en un marco social de coacción externa que, a la vez, movilizó compromisos que se aplicaron desde otros escenarios ya no individuales, sino económicos, en el marco político-sanitario de decisiones. De este modo se puso en marcha una dinámica que involucró diversos escenarios. En el caso de la economía, afectada en múltiples actividades y en cadena, se fueron paralizando otras gestiones que suspendían acciones jurídicas, religiosas, sociales.
Las regularidades que de modo inmediato define la situación de pandemia, no eran nuevas para los servicios sanitarios: ya había modelos reconocidos de costumbre, de orden, propios de los ambientes hospitalarios. Lo novedoso es cómo se agregan condicionamientos que cobran carácter obligatorio, coactivo, y que pasan a ser nuevas formas de control externas, impuestas a la vida de los individuos.
Estas formas de control se vuelven prácticas públicas, se colectivizan y se asumen como necesidades colectivas, casi sin discusión. Algunos comportamientos se generalizan y se imponen con la impronta de los hechos sociales, tal es el grado de aceptación que se explica o advierte ante la ocurrencia de los que podríamos reconocer entonces como nuevos hechos sociales, admitidos con sentimiento comunitario.
En este marco colocamos todas aquellas expresiones de reconocimiento a la tarea sanitaria, así como el compromiso social que asume la comunidad cuando se incrementa la atención alimentaria en los diferentes barrios.
Las epidemias, al igual que las pandemias, han marcado la historia social en muchas regiones.
Las ciencias sociales aparecieron para actuar en la misma línea de atención y resolución de necesidades ya que, haciendo foco en su especificidad, propusieron acciones que favorecieron la interpretación de episodios inesperados.
El distanciamiento físico, la libertad responsable, entre otras nuevas expresiones y requerimientos de comportamiento social, fueron planteos que movilizaron tanto entornos intrafamiliares en particular como sociales en general.
Fue significativo apoyarse en los clásicos para analizar una nueva situación social. En este caso, al planteo de Durkheim le hemos agregado aportes de Mauss y, sin ánimo de profundizar, consideramos que resulta de relevancia incorporar a la discusión, aunque en forma breve, a autores como Beck (1998, 2002) y Giddens (1993), que han trabajado acerca de cómo los sistemas sociales poseen o crean respuestas ante nuevas situaciones que requieren acciones específicas.
En el caso de Ulrich Beck cobran vigencia sus análisis sobre lo que denominó sociedad del riesgo. El autor realiza apreciaciones en las que analiza aspectos referidos a la innovación tecnológica y a cómo las sociedades ponen rápidamente en marcha desarrollos especializados, innovadores, que junto a la divulgación académica conectan al mundo para la atención inmediata y unificada, necesaria para enfrentar problemas comunes.
Desde otra perspectiva vale destacar cómo también cobran vigencia los análisis de Anthony Giddens, jerarquizados en una síntesis que realiza el autor en atención al estudio de cualidades que considera pueden definirse asociadas con estos sistemas expertos. Se trata de ponderar el desarrollo de datos, estadísticas y demás formas de nuclear y difundir información, el tratamiento de conocimientos específicos, especializados, que en este caso contribuyeron a poner al mundo en tiempo real, y así se pudieron anticipar situaciones heterogéneas.
Giddens y Beck se pueden asociar por sus aportes argumentativos acerca de los riesgos sociales, y porque en la atención de los mismos les otorgan a los sujetos roles responsables en las decisiones y los efectos originados.
Si bien tiene un anclaje reconocido en el comportamiento humano, el concepto de riesgo ya no solo se atribuye a situaciones exteriores, sino que ahora también está observado como implícito en los hábitos individuales.
El discurso sanitario dejó la modalidad de mero informe técnico restringido y se adecuó a otros ámbitos que requerían testimonios directos. La vida sanitaria pasó a tener trascendencia social, abarcadora de diversas circunstancias y comprometida en diferentes esferas. Como resultado se vieron acciones que trascendían las preocupaciones biomédicas. La vida social de vinculados, contagiados o no, tuvo que adecuarse a recomendaciones de repercusión general. Lo económico, lo político, lo religioso, lo social, en un sentido muy amplio, fueron terrenos comprometidos junto con las decisiones sanitarias.
La pandemia provocó incertidumbre, y la incertidumbre generó confusión. El mundo no sintonizaba las mismas frecuencias de acción y reacción ante una situación muy cambiante. La vinculación entre política, economía y pandemia, imposible de ocultar, también contribuía con momentos de desconfianza.

A modo de cierre de esta reflexión, y con seguridad a modo de cierre de un tema como ha sido el de la COVID-19 que fue un clásico de preocupación mundial, podemos afirmar que los sujetos no son solo su anatomía individual. La pandemia forzó a la superación de las respuestas individuales, convocó la atención hacia las representaciones colectivas como voces y acciones válidas.
A la vez permitió comprender que las personas no son únicamente cuerpos disponibles para la investigación de modo privado, sino que deben también asumirse como cosas sociales, como seres integrales cuyas afecciones no siempre son solo físicas en sentido estricto. A esto se agregó que no alcanzaba con explicar circunstancias específicas del escenario sanitario, sino que había que comprender otros contextos involucrados.
Las urgencias sanitarias despertaron obligaciones sociales, vinculadas y vinculantes, que se volvieron de tratamiento impostergable. Analizar acciones y reacciones llevó a los sociólogos a relecturas, a reparar en la importancia de la reconstrucción de lo colectivo. Los hechos sociales totales no están vacíos de contenidos, porque están representados en los intercambios, en las mediaciones necesarias que se producen en toda relación social.
