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Agosto del 2020
Chichita Gladys Méndez Rojas

Mara Velázquez

Mara Velázquez

Maestra.

Chichita la conocí hace tan solo cincuenta y un años, cuando en 1970, recién recibida, entré a la “Casa del Maestro”, inquieta por vincularme a los maestros que allí concurrían, sindicalizados

y con un férreo compromiso de defensa de nuestra querida Escuela Pública.

Chichita era una de ellas... Ya no está entre nosotros físicamente, está de una manera contundente y cristalina.

Nació en Garao, Cerro Largo.

En 1950 egresó del Instituto Normal, con la firme convicción de ser Maestra Rural.

Para llegar a su primera escuela se tomó un tren, un ómnibus y un camión, así de sencillo.

Fue Maestra Rural, Maestra Urbana, Directora de Práctica, Inspectora... Fue también enseñante de la vida.

Con ella en su escuela nació el comedor escolar, lugar de comunidad, enseñanza y aprendiza- je, abastecido por los productos que las familias acercaban y le obsequiaban en sus frecuentes visitas a las casas de los alumnos. Participó de las Misiones Socio-Pedagógicas, en ellas encontró un campo desolado y una comunidad ávida de ser escuchada. En ese espacio trabajó e inter- cambió con integrantes de la Universidad de la República; allí participó el Dr. Orlando Rojas, un odontólogo paraguayo que, sin dudarlo, se incorporó a la comunidad donde trabajaba Chichita concurriendo periódicamente a la misma. Él fue aceptado y también formó parte de la vida personal de ella, ya que se casó con él.

Chichita

Fue una docente que en su ejercicio incluyó el estímulo, la pasión y la dedicación constante, así como el fuego que encendía con su cálida palabra.

Frente a la realidad de esa época, su primera escuela rural tenía treinta y siete alumnos inscritos... Allí los esperó con su túnica blanca y, ¡los tacos altos! Concurrió uno solo. Ante esto, ella y la compañera con la que trabajaba se quitaron los tacos, se calzaron las alpargatas y salieron a buscar a los alumnos.

Los padres entendieron y valoraron la tarea de rescate y de convivencia en el medio, de permanencia junto a ellos. No había luz, las casas estaban alejadas unas de otras, ese era el panorama en la década de los cincuenta en este, nuestro país.

Lejos de paralizarse, encendieron los motores y surgiría el “Taller fraterno para vivir”... Clases de costura, tejido, cocina, asistencia a la trilla, higiene dental, enlaces con la Universidad, etc., nutrieron la escuela como verdadero centro comunitario.

Escuela abierta, escuela para contener, para enseñar, para compartir lo pedagógico, lo didáctico, lo humano.

El entorno que rodeaba la escuela se convirtió en el eje de enseñanza: la historia del lugar, su ubicación, sus orígenes, el arroyo de la Virgen proveedor de elementos varios, riquísimos, y de utilidad y sentido aprovechables... El multigrado de la escuela rural en todo su esplendor.

Estoy convencida de que aunque los años hayan pasado, la tecnología haya aparecido y los recursos se hayan multiplicado, el legado de Chichita es hoy un cable a tierra cargado de valores y de enseñanzas, de esa semilla simple que perdura en la esencia del ser humano.

Solo te adelantaste en el camino, tus enseñanzas se quedan como ese legado de aprendizaje, de compromiso, de tu pausada palabra que acariciaba.

Tomamos la bandera de lucha que levantaste.

¡Hasta siempre compañera!