Santiago Cardozo González
Maestro. Profesor de Idioma Español. Magíster en Ciencias Humanas, opción “Lenguaje, cultura y sociedad” (FHCE, UdelaR). Doctorando en Lingüística (FHCE, UdelaR). Docente de Español I y Lengua I en la UdelaR, y de Teoría Gramatical en el IPA.
El lenguaje no es, en primera instancia, un instrumento comunicativo. Considerarlo así implicaría situarlo en una relación de exterioridad respecto del hablante cuando, como sostiene Benveniste
(1997) 2, es constitutivo del hombre quien no lo ha inventado ni creado, quien no existe en tanto que hombre sin lenguaje. Equiparar, entonces, el lenguaje humano (el único que puede llamarse propiamente lenguaje, o el único que merece este nombre) con una herramienta es entenderlo como una “tecnología” perfeccionable, eventualmente descartable si se diera con una herramienta que pudiera suplantarlo, en la medida en que esta careciera de las imperfecciones que lo caracterizan. En otras palabras: el lenguaje siempre va a fallar, a funcionaren desperfecto, diciendo en exceso o en falta, de manera que nunca podremos tener una herramienta sin problemas, transparente, perfectamente aceitada.
Siempre habrá ruidos, cortocircuitos, en alguna parte de su funcionamiento, porque el lenguaje se define como tal precisamente por esa indefectible imperfección.
Lo que se pasa completamente por alto cuando se concibe el lenguaje como herramienta de comunicación, el punto crucial que no se advierte entonces es que el lenguaje es esa imperfección, o dicho de otra forma, lenguaje es el nombre de la imperfección misma del sentido, esto es, de la relación entre las formas que adopta el decir, lo que se dice, y los efectos que produce. En consecuencia, lenguaje es la manera como nombramos la falla de nuestro decir, la
imposibilidad de un decir pleno, ajustado a las “cosas del mundo”, la imposibilidad de dar en el blanco, de que las palabras hagan Uno con el mundo, lo digan tal como es, cancelando por otra parte la actividad interpretativa, la posibilidad misma de hablar de sentido.
Llegamos entonces a un elemento central de nuestra argumentación: el lenguaje se articula alrededor de una falla estructural que lo daña por dentro y a la que no tenemos acceso, pero que produce diferentes efectos en nuestro decir (lapsus, equívocos de distinta clase, homonimia, polisemia, etc.). Asimismo, para funcionar, el lenguaje requiere plantear un exterior a sí mismo, un “lado de allá” que llamamos realidad, mundo, en fin, y que no es, desde luego, lenguaje. De esta manera, el lenguaje, por defecto, dice de algo que no es lenguaje y que, por tanto, no puede decir.
En ese “otro lado” se sitúan los objetos del mundo, las cosas que pueblan nuestra rica, variada y
compleja realidad, cuya precisa aprehensión por parte del lenguaje nunca es posible. De ahí que experimentemos, con mucha frecuencia, el sentimiento de que las palabras no alcanzan para decir ciertas cosas (“porciones de la realidad”), de que los recursos verbales de los que disponemos son insuficientes y siempre se quedan cortos para dar cuenta de la inmensa variedad de matices significativos de los que están compuestos los objetos del mundo.
Tenemos la sensación, entonces, de que el lenguaje envía a estos objetos, que están ahí desde
antes de que el lenguaje pretendiera sacarlos de las sombras por el efecto de la iluminación que proporcionan las palabras. Luego, cuando las palabras finalmente dan con ellas, siempre parece haber un excedente del lado de los objetos, que se nos escapa y que nos muestra la insuficiencia del lenguaje y nos la hace experimentar como tal. Pero, en rigor, solo porque tenemos lenguaje podemos experimentar este decir en falta como decir en falta. Las cosas ocurren, por tanto, al revés de como solemos concebirlas: los objetos del mundo son producidos por el lenguaje que los hace significar, les da la orden de ser (Agamben, 2012; Núñez, 2017). Sin lenguaje, la realidad es nada: carece de tiempo, de sentido; no es realidad ni no-realidad, ni continuidad ni discontinuidad.
De este modo, solo podemos percibir la realidad en cuanto tal a posteriori de la abstracción lingüística (del lenguaje), y gracias a ella entendemos que la realidad nunca es plenamente aprehensible por las palabras. Este es, así, el principal efecto del lenguaje: la reificación de la realidad como sustancia, como positividad, con respecto a la cual el lenguaje se ubica en otra parte (funciona como el instrumento para decirla).
