Lilián Berardi
Maestra. Mag. en Sociología. Docente Investigadora
La migración hacia las ciudades capitales, al igual que la expansión urbana y, como consecuencia, en algunos casos, la aparición de barriadas informales, poseen fuerza explicativa porque han producido cambios en las economías locales, asociados con procesos agroindustriales que, en muchos casos, han generado transformaciones, causantes de incertidumbre en la población. Dato de interés que aporta la CEPAL:
«A nivel de migración doméstica es necesario destacar que la migración campo-ciudad y la migración entre las ciudades en ALC ha tenido una tendencia al decrecimiento. El crecimiento demográfico urbano en el conjunto de la región ha tenido un alto aporte en la migración campociudad; durante la década de los 80 el aporte de la población desde el campo fue de 36.6% y de 33.7% en los 90 (UN-Habitat, 2012). Actualmente la migración interna es de ciudad a ciudad (CELADE población, territorio y desarrollo sostenible)» (Montero y García, 2017:18)
Las ciudades históricamente fueron vistas como ámbitos facilitadores de variadas oportunidades: infraestructura, consumo, servicios, vida social ampliada. Algunos autores las han calificado como “economías de aglomeración” por ser síntesis de concentración de capital físico: infraestructura, transporte, puertos, saneamiento, red eléctrica, entre otras particularidades; de concentración de capital social: diversidad cultural y educativa, oferta de recreación; y de concentración de consumidores que promueven la aparición de oferentes de servicios que aseguran fuentes laborales diversas. Si bien es un ámbito que ofrece servicios, que se visualiza como un espacio de inversión y competencia, la ciudad es un espacio de marginación y exclusión para aquellos que no logran insertarse. Los beneficios que son brindados, a la vez generan selección. Castells (2001) advierte que los migrantes encontrarán en los espacios urbanos diferentes coyunturas que determinarán su tipo de localización. Señala que a los pobladores les requerirá de una adaptación particular. El autor las especifica como ciudades de nueva economía.
«…las ciudades son claves tanto como productoras de los procesos de generación de riqueza en el nuevo tipo de economía como de la capacidad social de corregir los efectos desintegradores y destructores de una economía de redes sin ninguna referencia a valores sociales más amplios, más colectivos o no medibles en el mercado, como, por ejemplo, la conservación de la naturaleza o la identidad cultural.» (ibid., p. 213)
Según CEPAL, para el caso de Montevideo:
«...esto se traduce en el crecimiento de la población de bajos ingresos en las periferias urbanas críticas, el vaciamiento de la ciudad consolidada, el importante crecimiento de los asentamientos irregulares y el distanciamiento territorial entre sectores sociales de nivel socioeconómico bajo y sectores sociales de nivel socioeconómico medio y medio-alto...»
(De Rosa et al., 2016:52)
La palabra ciudad siempre ha estado asociada con desarrollo productivo, cultural, social, con oferta laboral y con servicios innovadores entre otros beneficios. Esto en algunos barrios ha cambiado, los análisis demográficos más recientes recogen inquietudes no atendidas, visualizan espacios deprimidos, infraestructura deficitaria en servicios, ofertas laborales escasas e informales, a lo que se agregan dificultades para la localización y el alojamiento de las personas. Dichas realidades combinadas disponen la imagen de algunos barrios de la ciudad, y no necesariamente de los más alejados del centro. Se está ante un escenario preocupante, dado que investigaciones en el campo demográfico proyectan que para el año 2050 –en tres décadas– ochenta y seis de cada cien personas serán habitantes de las ciudades latinoamericanas.
La historia mostró realidades muy diferentes. Los movimientos migratorios del siglo XX estuvieron motivados por procesos industriales ofertados desde las ciudades; estos requerían la presencia de abundante mano de obra.
Quienes llegaban, muchas veces de modo aluvional, se agrupaban en extensiones previstas; así se crearon los barrios obreros en los que el nucleamiento se producía según las actividades a desarrollar. De este modo surgieron: barrios industriales, textiles, frigoríficos y otros de comercios de variados rubros. Este escenario tuvo un impacto favorable; en ellos fue visible el crecimiento industrial, económico, la diversificación poblacional y, como correlato, una dinámica social que retroalimentaba el entorno. Pero a mediano plazo se hizo visible el impacto desfavorable; de modo lento se iba produciendo un poblamiento desordenado, provocado por la permanente llegada de familiares, en algunos casos del medio rural, los que venían para quedarse.
Al hacinamiento se agregaba la informalidad laboral, nueva pobreza o pobreza trasladada que añadía carencias e incertidumbres. Se ocupaba de modo ilegal una parte del suelo; así se conformaban nuevos barrios y se construían frágiles viviendas. A la precariedad de los materiales usados se sumaba la labilidad de las relaciones que se desarrollaban entre nuevos y viejos pobladores. La imagen externa de estas viviendas daba la sensación de una obra en “permanente construcción”; se les distinguió como “viviendas progresivas”, de lenta resolución: allí se albergaba a los nuevos integrantes. Estos alojamientos permitieron una original lectura social: en ellos se entrecruzaba solidaridad, inquietudes e intereses diversos, pero siempre contextualizados en la atención con estrategias de supervivencia.
En general se ocuparon terrenos bajos, sin saneamiento, con precario o nulo tendido eléctrico, que los convirtió en zonas de riesgo físico y social, situación que afectó la calidad de vida de los pobladores. Los nuevos vecindarios fueron cualitativamente semejantes. Los caracterizaba una cierta homogeneidad que, aunque no siempre fue manifiesta, llevó a que algunos autores, investigadores en estos colectivos, señalaran como variable de interés lo que denominaron “efecto vecindario”.
«Este fenómeno ha sido extensamente analizado mediante un examen de la interacción social, la exclusión y el capital social. Los vecindarios producen tanto externalidades positivas como negativas...» (Lanzafame y Quartesan, 2009:22) (Cabe señalar el aporte sustantivo que supone la lectura de la Parte I del citado documento del BID)
Es de destacar que el crecimiento urbano, con el agregado de las características mencionadas, se produjo a un ritmo que desbordó la capacidad institucional para atender demandas.
Entre otras particularidades, en pocos años se agruparon varios hogares en estas viviendas. Dichas áreas, tanto en Montevideo como en otras ciudades capitales, mostraron una abultada carga demográfica que impactó en la vida cotidiana de los entornos próximos.
Estos no estaban previstos para asumir la atención inmediata y/o los requerimientos específicos que se producían; una alta y desordenada urbanización generó dificultades en un suelo no preparado para recibir moradores que necesitaban variados servicios.
Para Chaparro (1972), la urbanización reúne: aglomeración espacial y física de pobladores. El autor advierte que dicha situación genera cambios en distintos escenarios; explica que se originan renovaciones macro, meso y microsociales, que favorecen o retraen el desarrollo de la zona. Otros análisis contribuyen con la descripción de lo que se “esconde” en la imagen de los nuevos barrios. En la interpretación de algunos autores, los procesos de urbanización tienen relación con lo que definen como: a. factores de arrastre y b. factores impelentes. En el caso de los primeros, asociados con la movilidad socio-económica, se los entiende como multicausales dado que se relacionan con: búsqueda de oportunidades laborales, educativas, de servicios variados, patrones del bienestar familiar, porque modifican la vida de las personas. Los factores impelentes tienen relación con transformaciones en las tecnologías de producción agrícola e industrial, puesto que cambian los procesos de producción y los tipos de productos requeridos.
Las innovaciones generan migración rural por falta de fuentes de trabajo, empujan a las ciudades a pobladores que se han empobrecido o van en camino a ello a causa de que el campo ya no los involucra. Al migrar se pierde la red de contactos y esto llega a ser central a la hora de adecuarse a nuevos grupos.
La pobreza urbana es cualitativamente diferente de la pobreza rural, entre otros aspectos es más visible.
Como se mencionaba, en los barrios informales se concentran pobladores vulnerables, ciudadanos que conviven en escenarios de riesgo, de inequidad socioespacial, condiciones que los torna a la vez doblemente informales. Ocupan ambientes urbanos contrastantes, producto de sus variadas oportunidades; el tipo de vivienda que habitan, el equipamiento del que disponen y la inserción laboral también precaria o informal, los convierte en una población que posee dificultades para vivir. Se integran al barrio con un saldo negativo.
Es pertinente la descripción demográfica que realizan Filgueira y Filgueira (1994) cuando señalan rasgos típicos del ámbito del cual surgen estos pobladores.
«...la estructura y composición de los hogares en situaciones más precarias, se caracterizan por la fuerte carga de dependientes en las edades más jóvenes, por el número relativamente escaso de adultos en edad activa, por la relativa incompletitud de la pareja, precariedad de la relación, y por encontrarse en un ciclo de vida relativamente joven.» (ibid., p. 150)
En las viviendas se constituyen hogares múltiples, predomina la jefatura femenina, madres jóvenes con muchos niños a cargo. «La maternidad en la adolescencia es un fenómeno complejo que no solo involucra a la adolescente y su familia sino a la sociedad en su conjunto. [...] En la mayoría de los casos, (...) es una expresión de desigualdad social que limita el desempeño futuro de esas jóvenes.» (De Rosa et al., 2016:49) Las imágenes fijas o dinámicas, en las que se pueden visualizar la vida y el entorno de estas poblaciones, permiten comprender la estructura social antes señalada: es posible captar la relación recíproca entre lo espacial y lo socia.
El retrato de estos colectivos encubre sentimientos y emociones, huellas que explican la compleja relación social que se produce en escenarios en los que, si bien convergen diferentes generaciones, poseen similares inequidades que explican sus vidas. Habitar un caótico ordenamiento territorial, que problematiza la prestación de servicios, hace difícil la mejora de las mínimas necesidades. Filgueira y Filgueira (1994) ilustran esta realidad cuando afirman:
«...a mayor deprivación relativa peores son la calidad y los servicios de la vivienda (...) se constata
para los hogares insatisfechos un elevado porcentaje de familias donde la tenencia de la vivienda corresponde a condiciones de “ocupantes de hecho” y “usufructuarios”.» (ibid., p. 151)
Por otra parte, estos grupos conforman un colectivo sin representación directa, con escasa o nula voz, deben aprender a representarse, necesitan aprender a valorar y a valorarse. Primaria incompleta es, en general, el nivel educativo más alto alcanzado por la media de estos vecinos; dicha realidad explica la escasa inserción laboral formal que usualmente consiguen. Son poseedores de un capital cultural muy débil, capital cultural sin certificación que, a la vez, los inhibe tanto en la comprensión oral como escrita. A las trayectorias educativas truncadas suman la dificultad para acceder al mercado de trabajo, y cuando lo hacen, por lo regular logran empleos precarios.
«...el estilo de vida y los valores que conforman la cultura del contexto donde se localiza el fenómeno de la pobreza, constituye el ambiente en el que coinciden: alta proporción de familias encabezadas por mujeres, acortamiento del período de niñez, escasa organización social, individualismo, insolidaridad, ausencia de participación socio-política, apatía, resignación, que a su vez se transmite de una a otra generación reproduciendo la pobreza indefectiblemente.» (Ardiles, 2008:136)
Los aportes teóricos de Pierre Bourdieu, aunque producidos en la década de los sesenta, cobran cierta vigencia. Si bien en su investigación, el autor compara clases sociales y específicamente proletariado frente a sectores con mejores recursos socioeconómicos, situación muy diferente a la que nos ocupa, interesa rescatar apreciaciones como las que tienen que ver con el sentido del gusto. El sentido del gusto, puesto en elecciones y disposiciones de diferente alcance –música escuchada, canciones, indumentaria, vestimenta elegida, cocina mencionada como favorita, paseos preferidos, decoración de la vivienda– está forzosamente relacionado con las condiciones sociales en que se desarrolla la vida del sujeto. A efectos de aclarar la expresión “sentido del gusto”, vale citar a Bourdieu (1998:97): «...el gusto como “facultad de juzgar valores estéticos de manera inmediata e intuitiva” es inseparable del gusto en el sentido de capacidad para discernir los sabores propios de los alimentos que implica la preferencia por algunos de ellos».
El tipo de consumo, la calidad de lo adquirido, la frecuencia en que se realizan compras y el tipo de bienes deseados, son indicadores en la búsqueda que el autor pretende para su estudio. Trabaja específicamente para demostrar cómo en el sentido del gusto existe determinación económico-social; advierte cómo la apreciación y percepción acerca de los objetos u externalidades de la vida, son propias o están condicionadas y provienen de una construcción social previa. Dicha construcción social se produce en un espacio físico, se cimienta en la ocurrencia del relacionamiento social natural que se origina en el propio grupo.
Para Bourdieu, el desplazamiento de los individuos en el espacio social no es casual ni azaroso. De este modo, el autor aclara que existen fuerzas de la propia estructura espacial que se imponen a los individuos y ante las que afloran sus propias disposiciones. A nuestro propósito de interpretación interesa cómo Bourdieu desarrolla la idea de que el estilo de vida de las personas está en directo vínculo con los «habitus» compartidos por los colectivos que conforman. En dichos «habitus» se unifican y generan actitudes,aptitudes, comportamientos, gustos, preferencias identificables. En aspectos externos, la vestimenta y el lenguaje; en otros aspectos, la vivienda y su decoración, el mobiliario y la disposición del mismo, son señales homogeneizantes. Si bien el «habitus» inclina la elección del colectivo, cabe destacar que el gusto que atraviesa las decisiones, para Bourdieu (1998:177) está asociado con «...una elección forzada, producida por unas condiciones de existencia que, al excluir como puro sueño cualquier otra posible, no deja otra opción que el gusto de lo necesario», de lo posible, dada la condición en la que viven.
La dificultad de obtener imágenes directas, fotos/ videos, dado el necesario respeto de los espacios privados, impide ahondar en cómo viven; en conocer qué guardan en sus despensas, ¿qué adornos eligen para sus casas?, ¿cómo disponen sus muebles?, ¿qué presencia tienen en estos hogares los símbolos religiosos o de otro carácter?
En algunos, la vestimenta encubre “modelos buscados”, reproducen la necesidad de poder, de valor. En el caso de las mujeres, además, este poder está representado en el relacionamiento con un varón “reconocido” por el grupo, en general, por atributos negativamente representativos. Expresiones de Francisco Ardiles restringen nuestras expectativas: «...podemos suponer que, si un individuo cualquiera ha sido socializado en este contexto cultural de la pobreza, mantendrá sus prácticas sociales y discursivas de forma definitiva. La cultura de la pobreza aísla al pobre y los [sic] somete a sus designios. Tiene sus rasgos. Con ella ocurre algo semejante a lo que sucede con la herencia genética. Confina al hombre a su situación y le impide aprovechar las oportunidades y posibilidades que la sociedad le podría ofrecer.» (Ardiles, 2008:136)
Tener en cuenta la desigualdad de estos pobladores es un desafío permanente. En estos escenarios se generan costos sociales y económicos que deben ser atendidos como prioritarios. Planes sociales, educativos, junto al agiornamiento del sistema jurídico, son ejes sustantivos, de atención permanente. Se trata de la necesidad de fortalecer la vida social en un amplio sentido.
El artículo tuvo el propósito de trabajar desde una visión en la que fuera posible conjuntar la realidad con la teoría que la explica. Con respecto a la realidad, no conocida de manera generalizada salvo por aquellos directamente involucrados por sus trabajos puntuales en las zonas referidas, solo era viable mostrarla a través de imágenes. En esta intención, la de hacer posible la visualización, apareció el escollo. Recoger imágenes significa “invadir” la vida del otro, ese “otro” que en general ha sido despojado, asediado, porque una y otra vez su entorno, sus vidas, pasan a ser noticia. Dicho intento en parte es logrado al citar algunos aportes de imágenes del cine documental y de fotos tomadas de modo directo. El siglo XXI, siglo de imágenes y tecnologías que avanzan, sumado a los aportes teóricos provenientes de la “sociología y antropología visual”, agregan la posibilidad de conocer e interpretar dichos espacios.
No se trata solo de ver, sino de ver bien, ver con criterio científico, con método. Dichas disciplinas exploran el enseñar a ver, a analizar la mirada y sobre todo a divulgar imágenes con criterios valorativos, pero desde una postura académica, lejos de solo contribuir a la crónica “roja”.
En dichos ámbitos académicos, la imagen gana campo dentro de la investigación social. Las imágenes contienen observación, intención. Si bien incluyen la subjetividad de quien las produce, por sobre este aspecto asoma una forma respetuosa de divulgación.
Las imágenes agregan vida a descripciones hechas por quienes trabajan en dichas zonas. A la palabra se anexan realidades vivas. Así, la significación de la pobreza, el rostro de la pobreza, son captados con una diferente dimensión. Cuando la realidad, explicitada mediante la palabra, se complementa con imágenes, es posible descubrir sucesos y presencias no advertidas, no manifestadas.
La conformación de barrios informales tiene una base socioeconómica altamente significativa. Estos barrios, antes “cantegriles”, hoy asentamientos informales, si bien tuvieron su origen en la década de los cuarenta, con intervalos han mantenido similares rasgos de constitución.
Cincuenta años después –década de los noventa– diferentes motivaciones nuevamente producen migraciones; algunas en la búsqueda de beneficios ambientales, búsqueda de mejora en la calidad de vida, y otras en la línea histórica de desplazamiento por condicionantes económicas, quizá a calificar como un tipo de expulsión urbana.
En el primer caso, la franja costera de Canelones es la receptora de nueva población, mientras que en el otro caso se produce dentro del propio departamento de Montevideo, hacia zonas alejadas del centro. En este desplazamiento, en principio, fue posible detectar cierta influencia política7; “los migrantes” poseían conocimientos acerca de sus derechos con respecto al uso de la ciudad, de sus espacios, y lo hicieron con fundados criterios en cuanto a la ocupación y a la distribución espacial que realizaban.
No se descuidó la idea de que se concretara una futura urbanización que requeriría de zonas específicas para servicios, caminería, saneamiento, entre otras necesidades. Así como la industrialización nucleó pobladores a los que facilitó su localización, la desindustrialización y el tiempo de crisis provocaron la precarización y, como correlato, la expulsión de las áreas centrales de la ciudad. La realidad de esa época ya no es la misma, han cambiado los intereses, lo cultural ya no tiene la relevancia que condicionaba la participación en ámbitos de decisión. Hoy, esta realidad, de escasa o nula intervención e involucramiento, desordena la relación en el vecindario, enturbia la mirada con que se recibe a los nuevos ocupantes. Se percibe que ya no es posible mantener las normas comunitarias creadas por las necesidades de convivencia.
Ha variado el capital social aportado, los nuevos pobladores llegan con urgencias socioeconómicas, pero a la vez con modalidades de resolución que no se comparten por parte de los antiguos residentes. A los nuevos códigos de vida que despliegan, se agrega la precariedad laboral, aspecto que condiciona aún más la forma de integración y, por tanto,la convivencia diaria.
