Pasar al contenido principal
Octubre del 2025
El Palacio Legislativo. Sus primeros cien años...
1

Daniela Tomeo

Daniela Tomeo

Profesora de Historia (IPA). Licenciada en Historia (Udelar). Magíster en Didáctica de la Historia (UCLAEH), doctoranda en Historia (Udelar). Profesora efectiva de Historia e Historia del Arte en CFE y en DGES.

El Palacio Legislativo fue inaugurado el 25 de agosto de 1925 luego de un largo proceso constructivo. El inicio fue un proyecto de ley presentado en 1902 por José Batlle y Ordoñez, quien entonces era senador de la República y presidente de la Comisión del Palacio Legislativo1 . El proyecto planteaba llamar a un concurso internacional de proyectos para la construcción de un edificio que albergara al Poder Legislativo, que desde el nacimiento del Estado uruguayo funcionaba en el antiguo edificio del Cabildo. Las primeras tres décadas del siglo XX constituyeron en Uruguay un período en el que el Estado proyectó y construyó muchos edificios públicos que serían acompañados por cambios y transformaciones a nivel urbano: una ciudad con parques y amplias avenidas según un modelo parisino y una monumentalización de la capital que se pobló de edificios y estatuaria pública.

Como resultado del concurso para el Palacio Legislativo de Montevideo, en un acto público en el Cabildo de Montevideo se recibieron veintisiete proyectos de profesionales europeos y nacionales. En ese sentido, los contemporáneos destacaron el alto nivel de los proyectos uruguayos de jóvenes profesionales egresados de una institución de enseñanza terciaria creada en ese entonces. El proceso fue seguido atentamente por la prensa y la opinión pública uruguaya; de hecho, los planos fueron expuestos durante dos semanas en el Salón de Actos del Ateneo de Montevideo.

El concurso dio como ganador a Vittorio Meano (1860-1904), un profesional formado como geómetra en Turín, era el equivalente a un título de constructor; no tenemos registro de que efectivamente tuviera un título de arquitecto. Meano había llegado a Buenos Aires para trabajar en la construcción del Teatro Colón, junto a su
compatriota Francisco Tamburini. Una vez en Buenos Aires, fue aprobado su proyecto para el edificio del Congreso por lo que Meano era en esos primeros años del siglo XX un conocido profesional, responsable de dos importantes proyectos a realizarse en la capital porteña.

El proyecto elegido, presentado bajo el seudónimo “Agraciada”, no pudo ser ejecutado por el arquitecto que murió trágicamente en 1904 sin enterarse siquiera de que había sido el elegido. En los años siguientes, los arquitectos uruguayos Jacobo Vázquez Varela y Antonio Banchini trabajaron a partir de la idea de Meano para adaptarla al nuevo emplazamiento escogido, la Plaza General Flores. La obra se inició en 1908 bajo la dirección de la empresa constructora Juan Debernardis que había ganado la licitación para la ejecución del Palacio; el director técnico era el Ingeniero José Foglia.
El edificio a construir tenía importantes espacios de recepción y los recintos que albergaban las dos cámaras en hemiciclo, con galerías y palcos para que los ciudadanos o invitados especiales pudieran asistir al ejercicio de la democracia.

La realización no estuvo exenta de polémica, por lo que hubo voces que se alzaron contra el edificio por su estilo y por el gasto que suponía. Es así que en 1908, Pedro Figari2 escribía en el diario El Siglo con relación a la construcción del Palacio que se estaba iniciando:
«...ir a la ostentación de lujos con piedras ajenas, en las que no han intervenido nuestros compatriotas no ya con estilo –que es cosa muy difícil pero tampoco con un plano, con un friso, con una estatua, con un fresco, con un bajorrelieve. Eso es vestirse con plumas ajenas...
[...]
Dejemos a los particulares que hagan viviendas palaciegas y fastuosas. El Estado, entretanto, debe atender a la satisfacción de las necesidades primordiales reclamadas por la verdadera cultura, por la cultura de mejor cepa. Ya tendrá tiempo de abordar el estudio de la monumentalidad artística nacional cuando se halle habilitado para ello que no es ahora por cierto...»
(Figari apud Tomeo, 2016:25)

El historiador José María Fernández Saldaña también mostró reparos al proyecto. En una exposición que hizo en la Cámara de Representantes en julio de 1908 afirmó que el país no necesitaba edificios monumentales y que el dinero que estaba destinado a la realización del Palacio podría aprovecharse mejor si era invertido en obras en la campaña (cf. González, 2008).
Más allá de polémicas y de los comentarios de Figari o Fernández Saldaña, la obra se puso en marcha. Tres años después del inicio, en 1911, hubo quienes contrariamente creyeron que el proyecto de Meano era demasiado sobrio y que el edificio debía tener un carácter más grandioso en su decoración externa e interna. Por ello, una vez que el cuerpo del edificio ya había tomado forma, en 1913, el ingeniero Canessa viajó a Milán en representación de la Comisión del Palacio Legislativo de Montevideo para ofrecer a Gaetano Moretti (1860-1938) la continuación y culminación de obra proyectada por Meano y continuada por Banchini y Vázquez Varela.
El arquitecto Moretti era un profesional de sólida trayectoria y formación. Había estudiado en la célebre Academia de Brera, tenía su estudio en Milán y estaba vinculado al Río de la Plata, ya que por entonces estaba realizando un proyecto de Monumento a la Independencia en Buenos Aires. Desde la ciudad italiana, Moretti dedicó los años siguientes al proyecto montevideano y, si bien vino a la capital uruguaya en alguna oportunidad, tuvo como responsable técnico en nuestro país al arquitecto uruguayo Eugenio Baroffio. Moretti contrató artistas italianos residentes en Milán como Giovanni Buffa o Giovanni Castiglione para realizar algunas obras del Palacio.

Uno de los grandes aportes de Moretti fue idear la linterna, un volumen que sobresale a modo de torre en el centro del edificio y que ilumina cenitalmente el Salón de los Pasos Perdidos. La torre tiene veinticuatro falsas cariátides3 de más de tres metros de altura, producto de un llamado a concurso realizado en 1921. Los artistas seleccionados eran uruguayos: Pedro Cantú, Felipe Menini, Amadeo Rossi Magliano, Ángel Ferrari Rocca, Leonardo Vittola, Miguel Rienzi y José Belloni, el español Miguel Frau y los italianos Pedro Lingeri, Vicente Morelli y Arístides Bassi. Varios italianos y, como se puede observar por los apellidos de los artistas, muchos uruguayos que eran hijos o nietos de italianos.

Efectivamente, los artistas que trabajaron en el palacio dan muestras de la importancia que tuvieron los inmigrantes italianos en la industria de la construcción uruguaya del Novecientos. Meano y Moretti eran italianos; este último, como dijimos, seguía teniendo su taller en Italia y viajaba al Río de la Plata a supervisar obras que
tenía en ambas capitales. Los vitrales del interior del palacio y especialmente los del Salón de los Pasos Perdidos fueron obra del también italiano Arturo Marchetti, responsable de muchas de las vidrieras de edificios públicos y viviendas en Montevideo y en la costa uruguaya. Giovanni Buffa, residente en Italia, realizó el diseño de los mosaicos del Salón de los Pasos Perdidos. Los mosaicos se hicieron en Venecia desde donde llegaron las pequeñas teselas en cajas para ser armadas en nuestro país. Gianinno Castiglioni, quien hasta donde sabemos no vino al Uruguay, envió el proyecto de cuatro grupos monumentales que estarían ubicados en las cuatro esquinas de la parte superior del edificio, según veremos más adelante.

El lenguaje clásico del Palacio se despliega en la obra de estos artistas, que recurrieron a un lenguaje alegórico o a imágenes ubicadas en una antigüedad intemporal, para reafirmar valores e ideas que el Estado debería promover. Es así que las cariátides, cada una de las cuales se repite dos veces, están dedicadas a doce actividades destacadas en la sociedad moderna: la industria, el derecho, las matemáticas, la física, la arquitectura, la agricultura, la pintura, el comercio, la poesía, la medicina, la música y la escultura.
Uno de los mosaicos de Buffa ubicados en los lunetos a los extremos del Salón de los Pasos Perdidos refiere a las Ciencias y el otro a las Artes.

Por su parte, las esculturas de Castiglioni presentan El Trabajo, La Ciencia, La Justicia y La Ley. Los conjuntos tienen algunas figuras femeninas que representan alegorías, pero solamente encontramos una mujer en el conjunto dedicado a El Trabajo, en el que una joven sentada repliega su cuerpo sobre el niño que amamanta, un claro mensaje del lugar que deben ocupar las mujeres en la sociedad4 . Los modelos de yeso enviados por Castiglioni nunca fueron llevados a mármol. Recién en 1976 fueron vaciados de bronce y, en lugar de colocarse en las cuatro esquinas del techo del palacio, se instalaron en los jardines que lo rodean.
Desde un lenguaje clásico se registraron los acontecimientos de la historia patria, como presentan los relieves del Salón de los Pasos Perdidos realizados por Edmundo Prati e instalados en la parte superior del ingreso a las Cámaras. Los paneles representan cuatro hechos históricos: la Batalla de Las Piedras y el Éxodo del Pueblo Oriental, en el ingreso a Diputados; La Independencia y El Grito de Asencio, en el ingreso a Senadores.

Los personajes que pueblan las imágenes muestran mujeres que se visten con túnicas y moños en el pelo a la usanza griega, junto a hombres con armaduras y escudos propios de la milicia romana, ni boleadoras, ni trenzas, ni cañas tacuaras. La imagen del gaucho o la de la china, habitantes del mundo rural uruguayo, se transforman en seres intemporales anclados en una antigüedad que les daba una consagración universal. Allí están acompañados por Victorias aladas que conducen al éxito con amplios movimientos o que ocultan el rostro ante la derrota, según el episodio histórico al que se haga referencia. Así se expresaba un escultor español respecto al artista: «La escultura moderna como todo arte moderno se alimenta de múltiples corrientes y tradiciones; Prati ha
sido absorbido por una sola, la universal, la que no morirá nunca, la del clasicismo»
(Serrano, 1945:475).

En el ingreso a las cámaras, sobre la puerta flanqueada por los relieves citados, encontramos vitrales que representan ideas no menos trascendentes, la Alegoría de la República, sobre la Cámara de Representantes y la Alegoría de la Justicia, sobre la Cámara de Senadores.
El Palacio presenta un programa visual que mediante un lenguaje clásico afirma valores, ideas, principios y prácticas sociales que la república democrática debe defender. En el mismo Salón de los Pasos Perdidos, cuatro relieves de José Belloni representan los motivos del escudo uruguayo. cada uno de ellos además del símbolo
propio del escudo (cerro, caballo, toro y balanza) es acompañado por una alegoría femenina.
El tímpano del ingreso al Palacio, de Castiglioni, es tal vez un ejemplo de como ese lenguaje clásico se puso al servicio de las ideas republicanas.

En el centro se alza una figura de bulto con gorro frigio, simbolizando la República, asistida por cuatro figuras en cambiantes actitudes, que representan la veneración, el amor, la generosidad y la fe. A sus pies, dos jóvenes sostienen el Escudo de la Nación. Hacia la izquierda, una mujer custodia en un arca los tesoros del País y junto a ella el Progreso incita a los desposeídos hacia la riqueza del trabajo. Finaliza por este lado la composición un león dominado por Hércules, simbolizando las luchas de las Fuerzas Armadas de la Patria por su libertad. Por el lado derecho se presentan: la Historia, con un libro en las manos; el Arte (la Palas Atenea de Fidias); y la Poesía representada por una mujer. (cf. Laroche, 1980)
Los relieves interiores y exteriores, así como las cariátides, fueron seleccionados a partir de un concurso convocado en 1922 para artistas nacionales y extranjeros elegidos bajo la siempre atenta supervisión de Gaetano Moretti.

Escultores pero también pintores uruguayos participaron del proyecto. Las pinturas encargadas, que se ubican en el Vestíbulo de Honor o en el Salón de Fiestas, son obra de algunos creadores uruguayos que en las primeras décadas del siglo XX cultivaron la pintura histórica; destacan entre ellos Manuel Rosé, Pedro Blanes Viale y José Luis Zorrilla. Ernesto Laroche por su parte pintó un gran lienzo en la Cámara de Diputados que representa el encuentro de Artigas y Rondeau en el primer sitio de Montevideo.
Las técnicas y los materiales del Palacio son otro punto en el que detenerse. En el Salón de los Pasos Perdidos se usó mármol y granito uruguayo. Como señalaba el Ing. Canessa en un discurso dado con motivo de la visita que hiciera a la obra en marcha el presidente de la República en 1922: «las obras del Palacio han dado motivo al establecimiento en el país de la importantísima industria de extracción de preparación de materiales nobles constructivos (...) mármoles y piedras y modelado de escultura y fundiciones de bronce»5 .

Mármoles y granitos uruguayos de Maldonado y Minas en el Salón de los Pasos Perdidos, escalinatas y revestimientos exteriores. Maderas finas como roble de Eslovenia, nogal y caoba en la carpintería de las Cámaras o la Biblioteca.
El 25 de agosto de 1922, el presidente Baltasar Brum visitó el edificio ya prácticamente culminado y las puertas se abrieron para que treinta mil personas pudieran verlo. El éxito de la visita hizo que al día siguiente volvieran a abrirse las puertas para recibir a los curiosos y orgullosos ciudadanos, que ya veían la obra como algo propio. Son noticias que dan muestras de la expectativa y del interés con que los uruguayos esperaban la culminación del emprendimiento nacional.

La inauguración del Palacio finalmente se hizo el 25 de agosto de 1925, al cumplirse el centenario de la Declaratoria de la Independencia. La fecha elegida afirmó la elección del 25 de agosto de 1825 como fecha para conmemorar la Independencia nacional, tema que en esos años había sido largamente debatido a nivel político.
Un proyecto que culminó casi un cuarto de siglo después de haber iniciado y en el que la monumentalidad y el refinamiento visual fueron puestos al servicio del órgano del Estado que alberga al poder más representativo de la República, el Legislativo, aquel en el que todos los ciudadanos están presentes.

En los años siguientes se ensanchó la Diagonal Agraciada (hoy Avda. Libertador Brigadier General Lavalleja) y se demolieron los inmuebles de la manzana ubicada en 18 de Julio entre Río Negro y Julio Herrera y Obes, con lo cual se conformó la actual Plaza Fabini. Una intervención urbana que fortaleció la presencia del Palacio como remate visual de un eje monumental destinado a albergar otros edificios del Estado.

  • 11 El emplazamiento del proyecto de Meano sería la manzana de Avda. Libertador entre Nicaragua y Venezuela, donde actualmente se ubica el edificio del Instituto de Profesores Artigas.
  • 22 FIGARI, Pedro (1908): “Sobre el Palacio Legislativo. Efectismo” en El Siglo, 30.8.1908.
  • 33 Las cariátides son columnas con cuerpo de mujer. Las célebres son las del templo Erecteion en la Acrópolis de Atenas. Las del Palacio Legislativo no sostienen el dintel, sino que son esculturas recostadas a un pilar, razón por la cual decimos que son falsas cariátides.
  • 4La madre y el niño fueron vaciados en cemento en la Escuela de Artes Aplicadas y se ubican frente al edificio del Palacio en una esquina de la Plaza Primero de Mayo.
  • 5“El Palacio Legislativo. La visita de hoy” en El Día tarde, 26.8.1922
Dos espacios destacados
Referencia bibliográfica
BAUSERO, Luis (1987): Historia del Palacio Legislativo de Montevideo. Montevideo: s/e.
GONZÁLEZ, Nery (2008): Patrimonios varios. Historias de Montevideo. Montevideo: CLAEH. Colección Argumentos.
LAROCHE, Walter Ernesto (1975): Plásticos uruguayos. Montevideo: Biblioteca del Poder Legislativo.
LAROCHE, Walter Ernesto (1980): Estatuaria en el Uruguay. Tomo I. Montevideo: Biblioteca del Palacio Legislativo.
MEDERO, Santiago (2025): El palacio de mármol. Montevideo: Editorial Planeta.
SERRANO, Pablo (1945): “El escultor Edmundo Prati y la belleza de la forma” en Hogar y Decoración, Nº 14. En línea: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/ handle/123456789/74425
TOMEO, Daniela (2016): “Pedro Figari y la ciudad batllista. Reflexiones de un kirio en Montevideo” en A. Romano, I. Moreno (coords.): Pedro Figari: el presente de una utopía, pp. 15-26. Montevideo: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República. En línea: https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/libreria_cm_archivos/pdf_1963.pdf