Heber Freitas
Profesor de Historia. Maestrando en Historia Rioplatense (FHCE, Udelar).
Claves de su programa revolucionario
Debemos ubicarnos en un complejo tiempo histórico, cuando en el Río de la Plata se manifiesta la
crisis de la monarquía española. Estamos a comienzos del siglo XIX.
Tiempos de conflictos por apropiación de tierras, control y propiedad de los ganados, temas que persistían desde finales del período colonial a los que se sumaron nuevos problemas hijos de la revolución, como el papel de los caudillos y sus enfrentamientos con las élites urbanas; también las pugnas del poder militar frente al poder civil, la voracidad por la apropiación de los bienes de los españoles y el trasfondo de lo que Barrán (1986b) llama «...el miedo a la revolución social».
José Artigas, el caudillo popular Claves de su programa revolucionario Apresado Fernando VII por Napoleón Bonaparte, el gobierno monárquico español estalla en crisis.
La cuestión a resolver deriva hacia quién ejercerá la soberanía por estar el monarca impedido y ausente.
Se manifestaron diferentes formas de interpretación de “la retroversión de la soberanía”, y cómo se entiende en el Río de la Plata.
Mientras desde la ciudad-puerto capital, Buenos Aires juega sus cartas por el “centralismo”, por una soberanía única e indivisible que debía residir en Buenos Aires por ser capital del virreinato, desde otra mirada, José Artigas levanta la bandera de la “soberanía particular de los pueblos”.
Esta ruta artiguista era un camino que progresivamente conduciría a un proyecto de unidad regional rioplatense a través de una confederación ofensiva y defensiva entre provincias que, al decir de Artigas en abril de 1813, deberían ser “provincias compuestas de pueblos libres”.
En ese escenario se fueron enfrentando dos proyectos de construcción estatal.
El Artiguismo se irá definiendo a favor de “los más infelices”, de la igualdad ante la ley, de destacar la virtud, de proteger y estimular el trabajo y las producciones locales, de mantener los reclamos autonómicos frente al gobierno bonaerense.
Entre tanto, mientras se profundizaba la radicalización del proyecto artiguista, colindaba con la construcción de una alianza aristocratizante entre las élites montevideanas y bonaerenses que dieron luz verde a la invasión lusitana en 1816.
Para las élites adineradas de los puertos, Artigas va a representar el enemigo a eliminar.
Las élites portuarias y latifundistas se habían encargado exitosamente de denigrar la figura de Artigas, identificándolo como “capitán de los bandidos”, ídolo de la multitud ignorante, o Nuevo Atila.
El folleto de Pedro Feliciano Sainz de Cavia respaldaba esta mirada anticaudillista en un esquema de “civilización y
barbarie” tan a gusto para las clases altas. En esa línea encontramos entre otros, los trabajos de Francisco Berra, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Domingo F. Sarmiento.
En el último cuarto del siglo XIX se hizo necesario construir el ideal fundacional del Uruguay moderno, para ello había que desmontar la figura del “capitán de bandidos”, el “caudillo de las montoneras anarquistas”, había que “des-demonizar” a Artigas y reconocerlo como Héroe nacional, como nuevo Moisés o “caudillo de masas, intérprete de los pueblos”.
Si bien se continuaba demonizando a los caudillos, una salida fue traspasar las responsabilidades a los jefes subalternos como sería el caso del más denostado: “El pardo Encarnación Benítez”, o retrasar el inicio del caudillismo a los enfrentamientos entre blancos y colorados cuando Artigas ya estaba en el Paraguay y, por lo tanto, alejado de ese escenario.
Pivel Devoto (2004) pondera esta etapa como la de la construcción del “culto” al héroe.
Si bien eran abundantes los escritos sobre los aspectos políticos del artiguismo, eran escasos los referidos al aspecto social. Esta tarea la iniciaron Eugenio Petit Muñoz y Juan E. Pivel Devoto. A ellos se se sumaron Carlos Ma. Ramírez, Clemente Fregeiro, Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martin, Eduardo Acevedo, José P. Barrán y Benjamín Nahum, Agustín Beraza, Washington Reyes Abadie, Oscar Bruschera y Tabaré Melogno, y los
trabajos de Lucía Sala, Julio Rodríguez y Nelson de la Torre, Ana Frega, Vivian Trías, Arturo Ardao, Eduardo Acevedo, María Julia Ardao, Aurora Capillas de Castellanos, Edmundo Favaro, Héctor Miranda, Edmundo Narancio; y del otro lado del río, R. Fradkin y J. C. Garavaglia, Jorge Abelardo Ramos, Tulio Halperin Donghi,
José C. Chiaramonte, Marcela Ternavasio, Eduardo Azcuy Ameghino.
Barrán (1986a) publicó un artículo cuestionando el mito del “héroe creador” y proponía otra mirada: «El Artigas verdadero es el conductor y el conducido».
Menos citado es el trabajo de Vivian Trías en Las montoneras y el Imperio Británico. Si atendemos a las causas que gestaron el caudillismo montonero y federal, podremos entender que los caudillos expresaban la resistencia de los pueblos desposeídos, hambreados y humillados. Estos caudillos montoneros representaron la primera forma de expresión histórica de las masas rurales del Río de la Plata.
En ese formidable trabajo, el autor hace referencia a José Artigas. «El caudillo no recibe su mando y su poder de título hereditario, es ungido por su pueblo. Su ascenso es una elección popular, primitiva, informal; pero sustancialmente democrática» (Trías, 1961).
¿Acaso esta definición de Trías no coincide con el acierto de Barrán respecto al conductor que es también conducido? La única diferencia es cronológica: Vivian Trías establece el concepto en el año 1961 y José P. Barrán en 1986.
Ambas afirmaciones van por el mismo rumbo y ambas son acertadas. No he encontrado trabajos que tomen el texto de Trías como antecedente. Este caudillo oriental montonero y popular –que pronto será también confederal–fue “conductor” en la guerra –como en Las Piedras– pero a un tiempo fue “conducido” como en las Asambleas del año 1811 o en el derrotero del Éxodo.
Ya era el Jefe de los Orientales pero la decisión del Éxodo no fue suya, sino de la Asamblea de San José.
En esas circunstancias, la figura de este caudillo diferente va adquiriendo otras dimensiones.
Encuentra la picada salvadora en la retirada; le brinda a ese “pueblo reunido y armado” seguridad y rumbo en la emigración; les ayuda a empoderarse superando esa condición de desprecio para que puedan irse transformando en protagonistas activos del hecho revolucionario.
Trías (1961) lo entiende y describe diáfanamente: este caudillo transformador juega un papel fundamental en ese escenario del éxodo.
«Es el factor de unión, el que hilvana a los hombres y las familias dispersos y mutuamente desconocidos hasta entonces; el jefe es la síntesis de todo el esfuerzo común y también la fuente de las esperanzas en un destino mejor.»
La obligada emigración será de alguna manera una salida a la libertad amenazada por españoles y portugueses, y una posibilidad de continuar la guerra de resistencia.
Esta trágica etapa va picaneando la maduración de su pensamiento. Ya no solo se va a pelear por el triunfo militar frente a los enemigos de turno, en la mente de Artigas también comienzan a delinearse las primeras
expresiones de “soberanía particular de los pueblos”, como en la Precisión del Yí, paso previo e inclusivo en su proyecto de organización federal; a partir del modelo confederal del año 1813, la orientalidad va adquiriendo conciencia colectiva, conciencia de sí misma (cf. Reyes Abadie, Bruschera y Melogno, 1968).
Desde el Ayuí se contacta con las provincias vecinas buscando apoyos frente al autoritarismo despótico del centro portuario de Buenos Aires.
Así, la figura del caudillo va evolucionando y se fortalece la visión política de su proyecto de “patria grande”, que necesariamente va a cuajar en el Sistema de los Pueblos Libres: provincias soberanas, confederadas y compuestas de pueblos libres.
En esta etapa, el caudillo adquiere una dimensión regional, los pueblos lo eligen “Protector de los pueblos libres”. Es el momento de mayor arraigo del artiguismo.
Artigas, el protector, ¿será el conductor o será el conducido?
Una mirada enriquecedora del papel de Artigas la presenta Frega (1998). La historiadora propone otra dimensión de la obra del caudillo, que identifica como “la virtud regeneradora”.
Sustentada en una fuerte impronta ética, la revolución es concebida como “fundadora de un nuevo orden basado en la virtud y la igualdad”.
El objetivo revolucionario debía ser la fundación de la república con la redacción de una constitución, garantía de la soberanía particular, y de los derechos de los ciudadanos y de los pueblos.
Frega apunta que la revolución no debía cesar hasta lograr la “regeneración” política y social. Hasta formar y rodearse de magistrados y ciudadanos “virtuosos” que debían ser pilares de la naciente república. La virtud era condición para la libertad, y los dirigentes revolucionarios debían dar el ejemplo.
El énfasis artiguista se sustentaba en la igualdad, un proyecto construido “desde abajo”. Para las élites, este discurso igualitarista alimentaba el temor “a la revolución social”.
La revolución dependía de la virtud de sus dirigentes, en función del bienestar general.
En realidad, el artiguismo no contaba con una burocracia política y administrativa suficiente. En una comunicación al Cabildo Gobernador, José Artigas lo expresaba con un mensaje de austeridad “cuidando no abusar de contratar demasiados funcionarios”.
«“...Pocos, bien dotados, y conmovidos por la responsabilidad, serán suficientes para llenar sus deberes y ser útiles al País que los alimenta.”
[...]
Personas de probada adhesión y capacidad, como por ejemplo el “ciudadano Santiago Sierra”, fueron requeridas en forma permanente para desempeñar diversos cargos y empleos de responsabilidad.(...) los curas también fueron preferidos para estas funciones, nutriendo de secretarios, diputados y maestros a la provincia.» (Frega, 1998:109-110)
A partir de la definición, que como principio esencial sustentaba la soberanía particular de los pueblos en 1813, se debían determinar protagonistas y roles.
Por “Pueblos” (en plural), el artiguismo entendía ciudades, villas y pueblos, inclusive los pueblos de indios con o sin cabildo, que acertadamente describe el historiador argentino José Carlos Chiaramonte.
Esta definición que abrevaba en los antecedentes hispanos, reforzaba la tradición municipal española. Será un espejo para el artiguismo. Una sabia mixtura de tradición y revolución como en la experiencia del Gobierno Económico de Canelones.
Tras la articulación confederal, cada provincia tendrá su Constitución, además de la de organización general del nuevo Estado. El proyecto artiguista de “Constitución Provincial” de mediados de 1813 se presentaba como un acuerdo entre pueblos y no entre individuos.
Mientras que a nivel rioplatense la “soberanía particular de los pueblos” aparecía como un acuerdo entre provincias unidas por pactos recíprocos, a la interna de las provincias suponía el pacto de cada pueblo con cada uno de los otros. Frega (1998) afirma que la representación corporativa seguía presente.
La representación mantenía las formas tradicionales que el Caudillo aceptaba y compartía. Diputados y otros representantes eran entendidos como “apoderados”, por lo que debían actuar con instrucciones precisas y en permanente consulta con quienes los eligieron.
Cada pueblo trataba de incorporar reivindicaciones locales en esas representaciones. Era esta una modalidad singular de entender la soberanía particular, siguiendo la interpretación local del pensamiento artiguista.
A continuación, algunas líneas para identificar la preocupación del artiguismo en tiempos de control de toda la provincia oriental. Desde Purificación proyecta, funda y pone en marcha las “escuelas de la patria”, escuelas de primeras letras donde a las orientaciones básicas de lectura y cálculo se les agregaban otras disciplinas
vinculadas a los saberes locales, entre ellas el festejo por las fechas de los principales episodios de la revolución, promoviendo una nueva identidad.
A expensas de los menguados recursos disponibles, la provincia se hacía cargo de los sueldos de los maestros, en general curas y hasta un español. Un año después, a instancias de Larrañaga, se funda la Biblioteca Pública que hoy en día continúa como Biblioteca Nacional.
Los planes del Caudillo con énfasis en la educación se vieron torpedeados por la continuidad de la guerra con Buenos Aires y la resistencia contra los invasores portugueses. Por mucho tiempo también quedó como un programa de ideas inconcluso.
El caudillo en la etapa radical El año 1815 muestra el pleno avance del momento revolucionario. El caudillo se ha transformado en Protector de los Pueblos Libres.
Derrotados los españoles y expulsados del Río de la Plata, las élites portuarias y los grandes hacendados planean decretar el fin de la revolución sin modificar el statu quo que les asegura la legitimidad de sus propiedades, sus cargos y el control social.
El artiguismo elige otra ruta. Es la etapa del caudillo revolucionario radical.
Tiempo de aplicar el programa de revolución agraria. De encarar el tema de la propiedad de las tierras que el “Arreglo de los Campos” no había logrado resolver. Tiempo de profundizar la revolución y no de decretar su fin.
Tiempo de confiscar las tierras de los enemigos de la revolución, las de “los malos europeos y peores americanos”, las tierras obtenidas por su connivencia y colaboración con los gobiernos enemigos entre 1810 y 1815. El artiguismo acelera en su programa social y revolucionario. Es momento de repartirlas gratuitamente en
suertes de estancia entre los más infelices: negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres y las viudas pobres si tuvieren hijos. Artigas dispone como Gobernador de la provincia que en el momento de repartir serán preferidos los casados a los americanos solteros y estos a cualquier extranjero. Esta es la esencia de la revolución social artiguista.
Las clases propietarias “se indignan ante el atropello” de este caudillo que le reparte tierras a los que pelean por la libertad. Intentarán desviar su programa ofreciéndole favores y premios; intentarán derrotarlo pero pierden militarmente; intentarán asesinarlo en un siniestro y fracasado plan y, por último, le abrirán las puertas a la invasión portuguesa entregándole la provincia a cambio de que detenga estos “tiempos de la anarquía”. La reforma agraria quedó desde entonces inconclusa.
No perdamos de vista su mirada regional: en mayo de 1815 le escribía al gobernador de Corrientes sobre el gobierno de los indios: “...yo deseo que los indios en sus pueblos se gobiernen por sí, para que cuiden sus intereses como nosotros los nuestros”.
Artigas demoró en entender la realidad de las provincias del interior. En 1813, cuando se redactan sus primeros documentos y entre ellos las Instrucciones a los diputados, no aparece ningún artículo referido a proteger las industrias locales. Lo reclamado pasaba entonces por la habilitación de nuevos puertos eliminando el monopolio portuario de Buenos Aires y la libre navegación de los ríos interiores.
Artigas ha dedicado sus planes y su tiempo a derrotar a los españoles y, más tarde, también a los portugueses.
Conducido en el “derrotero” de la emigración, todo su esfuerzo estuvo centrado en la guerra contra los enemigos y en salvaguardar la libertad de los orientales. Aún no aparecía la protección de las industrias. Tal vez porque en la provincia oriental la única industria era el primitivo saladero y algún molino harinero.
Como el Protector de los Pueblos Libres, en abril de 1815 promulga el Reglamento de Puertos en el que incluye un tímido 6% a los artículos que provengan de ultramar. Al frente de la Liga de los Pueblos Libres, el 29 de junio de 1815 se convocará un Congreso confederal en Arroyo de la China.
Allí llegaron diputados de las provincias
adheridas. Entre ellos, Pascual Diez de Andino que representaba a Santa Fe. En sus instrucciones del 14 de junio de 1815 hay constancia de que son copia de las dadas por Artigas a sus pueblos en abril de 1813, pero a mi juicio se agregaba una instrucción muy interesante –la Nº 17–. Se solicitaba proteger las industrias y los talleres locales frente a la desigual competencia extranjera, aplicando aranceles diferenciales claramente proteccionistas.
«17ª – Que todos los dichos derechos impuestos y sisas que se impongan a las introducciones extranjeras serán iguales en todas las provincias unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio.» (Bruschera, 1969:126)
Esta pretensión santafecina será fuente para la evolución del pensamiento económico artiguista.
El 9 de setiembre, el Caudillo Protector de Pueblos Libres responde a esa demanda y promulgará un nuevo reglamento de Aranceles. En él se detallan prolijamente los impuestos que deberán pagar las mercaderías que ingresen a la Liga. En una mirada general, aquellos productos que provengan de provincias rioplatenses pero que no son parte de la Liga pagarán solo un 4% en claro mensaje de integración, mientras que los productos de ultramar (Europa, Estados Unidos) pagarán una tasa proteccionista del 25%, y en artículos como prendas de tejedurías y calzados llegará a un 40%, expresión máxima del proteccionismo.
¿Qué ocurrió en la cabeza y en los planes de Artigas? En 1813 no hay proteccionismo, en abril de 1815 un tímido 6% en su Reglamento de Puertos y en setiembre de 1815 avanza hasta un 40% de impuestos proteccionistas.
En sus clases de Las Piedras, Vivian Trías nos explicaba que “las ideas de Artigas evolucionaban a contragolpe de los hechos históricos”. Esta permanente adecuación de sus proyectos y reglamentos confirma la magnífica visión de este Caudillo revolucionario.
Su coherencia no consiste en mantener inalterado lo dicho, lo planeado en 1811 o 1813, sino en ir dando las respuestas que cada tiempo y cada escenario requiere, escuchando las demandas de los Pueblos.
Otra demostración del conductor que se transforma en conducido.
Artigas, este caudillo transformador y revolucionario, escuchaba, atendía las demandas de los pueblos que lo rodeaban. Sobre estos asuntos decía en mis clases que si tuviera que dibujar a Artigas, lo haría con una oreja bien grande por su capacidad de escuchar las demandas de los pueblos.
Podría agregar algunas referencias de regiones en las que disposiciones del Protector afectaban las economías fronterizas y reclamaban un tratamiento excepcional.
La revolución en el Río de la Plata produjo diferentes miradas y proyectos en esa etapa primigenia de construcción estatal. Las dirigencias portuarias, la monarquía española así como la portuguesa expresaron sus intereses y acciones por el control de este territorio diverso y de una atractiva riqueza.
En ese entramado, los sectores populares, subalternos, quedaban al margen de la historia oficial. La historia nacionalista había identificado a los caudillos históricamente acusados, por los sectores elitistas, de desorden, de la barbarie, como responsables de impedir el crecimiento y la riqueza de la región.
Esta nueva mirada los rescata, los reconoce como los primeros dirigentes: revolucionarios, montoneros y federales. Con sus fortalezas y sus debilidades; actores de papel relevante. Personalidades clave del período revolucionario.
