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Diciembre del 2024
Pago, paisano, paisaje, país
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Daniel Vidart

Daniel Vidart

Paysandú (1920-2019)

En la antigua Roma, el pagus era el lugar de tierra adentro dedicado a la agricultura, cuyos límites habían sido establecidos de antemano. En el pago vivían y trabajaban los paganus, o sea los paganos, esto es los paisanos, los labradores. De tal modo, construidos a lo largo del tiempo en un espacio agrario, cobraron cuerpo y alma los paisajes, esos hijos geográficos de la labor de los paisanos. En el regazo de estos paisajes maternos se hundían las raíces sociales y culturales de aquellos laboriosos agricultores que morían bajo los árboles que los habían visto nacer, siempre rodeados por el mismo horizonte, siempre atentos a los ritmos estacionales y a las cosechas, siempre en diálogo y lucha con la naturaleza circundante.

Dichos hombres del arado y de la azada eran los frutos humanos de un solar cultivado que a lo largo del año se vestía con los colores de las cuatro estaciones. De tal modo repartían sus horas entre labores y descansos, entre obligaciones y fiestas, entre rezos y juegos, atentos a los dictados de las costumbres nacidas en la noche de los tiempos. Las creencias y las acciones de sus padres y sus abuelos, las subterráneas divinidades de la fecundidad, los mitos que se daban cita en las encrucijadas existentes de la vida y la muerte, constituían la sangre y carne de las tradiciones. La sabiduría de los antiguos había establecido reglas que no convenía desobedecer so pena de dolorosos castigos para el infractor, su familia y hasta la comunidad. Dichos paisanos eran, por lo tanto, conservadores, apegados al pasado, enemigos de las innovaciones materiales y espirituales.

Cuando el emperador Constantino el Grande se convirtió al cristianismo y Roma condenó el culto a las divinidades politeístas, los paganus, los habitantes de los pagos, continuaron aferrados a los dioses arcaicos. El pago, precisamente, representa esos valores del lejano ayer, esa permanencia de las costumbres, de los modos de ser y quehacer transmitidos sin variaciones de una generación a otra desde épocas muy lejanas.

Pago, paisano 1

Pero el pago es también el paisaje que le confiere significado a la presencia del hombre, quien, además de ser un constructor, es también su habitante. El pago es el resplandor del fuego hogareño, la plenitud familiar, el círculo de parientes y amigos, la celebración colectiva de las alegrías y los padecimientos originados por las malas cosechas, por el paso devastador de los ejércitos, por las desmesuras de los señores, por las plagas agrícolas, las enfermedades y el hambre. Pero por sobre las desgracias y los duelos, en esos rincones de tierra adentro prevalece el recuerdo de las buenas horas, el amor hacia los seres queridos que constituyen la sociedad de los vivos y los muertos, la solemnidad ritual de las ceremonias, el bullicio de las fiestas y las mascaradas, la hermandad de las almas y los cuerpos protegidos por los dioses locales, o sea los dioses pagos, como se les decía en la antigüedad.

Entre nosotros pervive esa adhesión profunda, emotiva, a los signos y símbolos, muchas veces ocultos aunque íntimamente presentes, que los pagos han dejado, como un rescoldo, en el corazón de quienes en ellos permanecen y en la nostalgia de quienes los han abandonado y los evocan con melancolía. El pago es la patria chica del alma, la piel tersa de la niñez, la sonrisa dulce de la abuela, el encuentro furtivo de los novios. Y es también la gloria matutina del sol y el misterio nocturno de las estrellas. Es lo nacido y lo que está por nacer, el agua y la fuente donde se la bebe. De ahí su atracción, su sortilegio profundo e inexplicable, al cual son sensibles, sin necesidad de discursos, los hombres y mujeres de nuestro campo.

Así como el barrio es un rincón afectivo antes que edilicio de una ciudad, el pago constituye una isla humanizada en medio del mar verde de los campos.

Un país es un conjunto de paisajes fabricados y poblados por los paisanos, por las gentes del país, por anónimos integrantes de un pueblo que ha construido una nación, que se ha arraigado en una patria, que reclama su identidad a partir de los héroes epónimos y los personajes señeros cuya acción y pasión le dieron sentido y destino a un territorio bienamado. En los pagos viven y palpitan las “cosas chicas para el mundo pero grandes para mí”, como expresan unos muy conocidos versos criollos. En los pagos la geografía se convierte en plenitud afectiva, en raíz del alma, en cuna de emociones terruñeras que otorgan sentido y permanencia a la condición campesina, al paisanaje, a la vida rural, en suma.

Daniel Vidart
Paysandú (1920-2019)
En: Mi casa está llena de palabras, Tomo 2

Referencia bibliográfica
Daniel Vidart Paysandú (1920-2019) En: Mi casa está llena de palabras, Tomo 2