Javier de Viana
Canelones (1868-1926)
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Andando así, Juan Francisco llegó cuando ya debían de ser más de las tres de la tarde, a la margen derecha del Corrales, un arroyuelo que, después de andar un par de leguas brincando sobre peñascos, llega a un campo bajo, donde se estanca, se bifurca y forma dos canales cenagosos. Las aguas, turbias y quietas, están siempre tapizadas de camalotes e inmensa variedad e algas que se enredan a las múltiples ramas de sarandíes, ceibos y achiras que, en grupos pequeños, crecen de trecho en trecho, rastreros, raquíticos, extendiendo sus raíces y sus ramas en la tierra blanda y en las aguas mansas para servir de alimento a los parásitos. Más allá de la línea de árboles y arbustos, en toda la ancha zona bañada por las aguas en las crecientes de invierno, invadiendo cinco o seis
cuadras, y más, en trechos, extiéndese tupida vegetación de paja brava, de espadaña, caraguatá y totora.
El viajero, que era conocedor del paraje, avanzó resueltamente. Al acercarse, los chajáes dieron la voz de alerta y se alejaron volando de dos en dos, en tanto centenares de garzas blancas, grises y rosadas, pardos biguás, corpulentas cigüeñas, zamaraguyones, bandurrias, patos y cisnes silvestres, se levantaban formando una nube de alas, confundiendo sus diversos gritos y revoloteando a poca altura, como si sólo esperasen que pasara el intruso para volver a sus dominios.
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Javier de Viana
Canelones (1868-1926)
En: Gurí
