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Diciembre del 2024
El viaje hacia el mar
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Juan José Morosoli

Juan José Morosoli

Lavalleja (1899-1957)

El viaje hacia el mar

Tomaron el camino de la sierra, el que termina en Pan de Azúcar, con sol alto ya. Fue aquí que Rataplán recordó los viajes que hacían los estudiantes y propuso que se cantara algo. Ninguno sabía canción alguna, con excepción del desconocido que sabía muchas, pero todas incomprensibles para ellos. Al fin coincidieron en Mi Bandera. Rataplán, a pesar de su parcial sordera era el que llevaba el compás con la mano y el único que cantaba. Los otros tarareaban y el desconocido imitaba un trombón.

Cuando hacía una variación macarrónica, los otros reían estrepitosamente interrumpiendo el canto.

Cuando llegaron a un trozo de camino plano, Rodríguez detuvo el camión.

–Parece una bolsa de gatos – dijo. Prendió un cigarro, dió dos o tres puntapiés a las gomas del automóvil y preguntó:
–¿Y para qué cantan si no hay nadie?
–Cantamos como los estudiantes cuando salen por ahí – respondió Rataplán.
–Pero ellos cantan en la calle para que los oigan los otros – insistió Rodríguez.

El desconocido dijo entonces:

–Se canta para uno... Por cantar... a veces estoy solo y canto.

Rodríguez se dió cuenta entonces que el hombre era medio raro y recién se le ocurrió pensar por qué estaba allí con ellos, camino de la playa.

Al reiniciar la marcha se lo preguntó al Vasco.

El Vasco señaló a los que iban en el camión y dijo:

–Ellos... yo vine contigo.
–¿Ellos? ¿Y el camión es de ellos? ¿No fui yo quien invité?
–Ahí tenés.

***

El camión marchaba. El sol estaba alto. Dentro sólo se oía al desconocido cantando una canción en idioma extraño, de ritmo lento y triste. Los otros abrumados por el sol y la caña cabeceaban somnolientos.

El camión seguía jadeando, camino adelante. Reverberaba el sol. Algún pájaro carpintero dejaba oír su grito que rasgaba la soledad. Algunos ruidos metálicos de élitros le daban a ésta una dureza febril y reseca. A veces pulsaba la ardiente distancia el canto de la cigarra. Algún árbol de “Sombra de toro” se achaparraba en los flancos del camino que descendían erizados de piedra mora y tunas “cabeza de negro”. Muy lejos, en el término del camino de descenso de la cuchilla, espejeaba algún pequeño cuenco azulado, presencia de una cañada que en seguida desaparecía corriendo bajo la red de berros y espadañas, dejando como señal de su camino un trozo verde oscuro, jugoso y sedante en la pastura reseca y azufrada del resto del campo.

Llegaban ahora frente a un desuñidero de carretas. Una docena de árboles daba sombra a viejos fogones sembrados de huesos.

Rodríguez detuvo el vehículo nuevamente. Por el tubo del radiador ascendía una nube de vapor.

–Alcanzá la damajuana – ordenó a Arriola. [...]

Juan José Morosoli
Lavalleja (1899-1957)
En: Almanaque del Banco de Seguros del Estado (1952)

Referencia bibliográfica
Juan José Morosoli Lavalleja (1899-1957)  En: Almanaque del Banco de Seguros del Estado (1952)