Fernanda Sosa
| Maestra de Educación Primaria. Licenciada en Ciencias de la Educación.
Especialista en Políticas Educativas y Magíster en Ciencias Sociales con Orientación en Educación (FLACSO Argentina).
En la salida de la dictadura cívico-militar uruguaya (1973-1985), Rodríguez, Rampini, Tornaría y Mazzei (1984) realizaron una revisión histórica de la educación pública con el objetivo de comprender su presente y el pasado inmediato. Buscaban entender las marcas que dejaba la experiencia autoritaria en el sistema educativo público, experiencia iniciada a fines de la década de los sesenta con la represión de los movimientos estudiantiles, la intervención de los consejos de secundaria y UTU, la clausura de los cursos de secundaria en 1970 y la Ley de Educación Nº 14.101, y continuada durante la dictadura con intensas acciones en el sistema educativo. Las autoras destacaron algunos principios del sistema educativo que se fueron construyendo a lo largo del siglo XX, como la concepción de laicidad, la autonomía de los entes de la enseñanza, el protagonismo creciente de los educandos en las propuestas pedagógicas y la permanencia de planes de estudio con intentos de renovación pedagógica, entre los que se encontraban las escuelas experimentales, el Plan Estable, el movimiento a favor de la educación rural, el Plan Piloto de 1963 en Educación Secundaria, el movimiento de Algunos apuntes sobre la escuela en la posdictadura uruguaya renovación universitaria. El autoritarismo dejó un panorama bien diferente que se caracterizó por la exclusión de docentes, la creación de una pesada estructura normativa formalista que marcó la vida cotidiana de las escuelas, la revisión de planes y programas con la intención de utilizar el currículo como medio de adoctrinamiento ideológico, la pérdida de la libertad docente, la censura, la lista de manuales oficiales, y alumnos como receptores pasivos y obedientes.
En esas escuelas trastocadas trabajaron maestras y maestros con edades, formaciones y vivencias diferentes. Las escuelas funcionan como espacios de encuentro entre generaciones de docentes pero, en el período posdictadura, esos encuentros cobraron un significado diferente. La reconstrucción desde múltiples miradas –a partir de la recopilación de memorias docentes de lo que significó trabajar en una escuela pública después del terrorismo de Estado– es una tarea necesaria.
Miguel Soler describía esa escuela como pobre y desmoralizada. «Es el período de la gran frustración. De la dificultad en borrar de la escuela pública los vestigios que dejó en ella la dictadura...» (Soler, 2005:138)
Acotaré a dos temáticas las reflexiones sobre las escuelas en la posdictadura: el currículo y la disputa de proyectos pedagógicos muy distantes.
La dictadura aprobó un nuevo currículo para Educación Primaria (MEC. CONAE. CEP, 1979) que se modificó con la vuelta a la democracia (ANEP. CEP, 1986). La formación ciudadana, mandato fundacional del sistema educativo, que había sido profundamente intervenida, requería la recuperación de los contenidos democráticos y la reinstauración de una perspectiva de Educación en Derechos Humanos.
Asimismo era necesaria una transmisión de la memoria pedagógica, de los proyectos pedagógicos truncados y silenciados. No solo había que aprender contenidos que fueron borrados de los currículos magisteriales, también fue preciso reconstruir un espíritu de libre pensamiento en un clima en el que la libre expresión pudiera verificarse a partir de la superación de la desconfianza que las delaciones, la persecución y la represión habían instaurado. La pedagogía nacional tuvo gran expansión antes de la dictadura. Se había construido colectivamente un movimiento que daba respuestas a la situación de la educación rural. Ese movimiento a favor de la educación rural, sostenido en algunos principios escolanovistas junto a las ideas de la Educación Fundamental de UNESCO, contribuyó a la construcción de una pedagogía que trabajaba con la comunidad en asuntos vinculados a lo económico, a la salud, a la cultura y a todos los aspectos que preocuparan a la comunidad. En la educación urbana se había incrementado el número de las clases jardinera, y se debatían y ensayaban las corrientes pedagógicas de renovación. Pero el currículo que impuso la dictadura tiró por tierra la libertad de cátedra y exigió el trabajo con un currículo tecnicista basado en una pedagogía por objetivos (CONAE. CEP, 1979). Los objetivos por asignaturas debían desagregarse en objetivos operacionales que se definían en términos de conductas observables en los alumnos. Las pedagogías tecnicistas surgieron en la década de los sesenta y, más allá de que alguien pudiera haber fundamentado su trabajo pedagógico desde esa perspectiva, en la escuela uruguaya se instauraron por imposición a través del documento curricular aprobado durante la dictadura.
Sin embargo, hubo espacios de discusión, de formación, de transmisión de la memoria pedagógica. En el final quiero señalar dos espacios que tuvieron especial significado: el espacio sindical y la publicación de la segunda época de la Revista de la Educación del Pueblo. Un reciente audiovisual sobre la Revista de la Educación del Pueblo, preparado por Romano, Batista y Álvez (2023), nos propone pensar en el papel que jugó ese espacio de reflexión pedagógica en la posdictadura en el Uruguay.
