Natalia Isnardi Patiño
Maestra directora. Flores.
–¿Y dónde nos reunimos?, pregunté la primera vez
–En el salón de segundo con estufa a leña o el de Inicial que tiene pantalla.
Después de siete horas y media de una intensa jornada de tiempo completo, cada miércoles tenemos dos horas y media más por delante sentados en sillas pequeñas y mesas para cuatro. Es extraño que algunos no nos demos la espalda, y casi un milagro la atención y escucha atenta. Las conversaciones se tejen en retazos difíciles de hilar. Bastante antes de las 18.30 h se siente el cansancio en la voz y en las rodillas, y se hace evidente que no estamos trenzando bien. El acuerdo es unánime: necesitamos una mesa.
Recorriendo la escuela recuperamos del galpón una vieja mesa de madera que fuera sustituida en el comedor por nuevas mesas cómodas y atractivas. Mesa como territorio de bandejas, paneras, platos, cubiertos, vasos, jarras. Mesa como soporte de migas y accidentes, mesa testigo de risas, chistes, burlas, enojos, hábitos. Para empezar, me conmueve su origen de olores, sabores y descubrimientos.
Mientras la traemos, la observo otra vez. ¿Qué es lo que define a una mesa? ¿Cuáles son los atributos que la determinan? Una superficie, una determinada altura condicionan su uso. Mesa como espacio de negociación, pero mesa también como barrera, como obstáculo, como territorio, como soporte, como oportunidad. ¿Por qué pensamos en traer una mesa como solución a nuestro espacio de sala deshilachado? Tal vez encontremos la respuesta en lo más hondo de nuestro magisterio...
«...Nos colocamos en posición de militancia en el grupo de los últimos porque entendemos que la mesa representa un espíritu de la educación que triunfa a pesar de todo; una concepción que se abre paso; una esperanza que apunta al porvenir, aspirando alcanzar soluciones de libertad.»
(Castro, 2007:157-158)
La mesa colectiva es un símbolo incuestionable del magisterio uruguayo, que representa una forma de concebir la educación, una forma de pensarla y de ejercerla aún hoy, cuando el individualismo exacerbado pelea a codazos su lugar también en la escuela.
Ya en su nuevo sitio, después de Julio Castro, la vieja mesa ha quedado alterada. Parafraseando a mis hijos, “la mesa es todo lo que está bien”. Ahora, cada maestra trae de su salón una silla que la rodea y la viste. Vuelvo a mirarla, ¿será la mesa el quinto elemento de nuestro colectivo?, ¿qué seremos capaces de tejer ahora alrededor de una mesa que habilite el encuentro de miradas?
«En el arte de tejer en telar, la urdimbre es el conjunto de hilos que se mantienen en tensión sujetos a un bastidor, mientras que la trama se entrelaza por encima y por debajo. El hilo de la urdimbre debe ser resistente porque debe soportar la tensión del tejido. La trama en general es de colores y conforma el diseño del tapiz.» (Heinzen, 2014)
La mesa del colectivo se convierte en la urdimbre que sostiene la trama de la propuesta de nuestra escuela. Cada uno, conservando la identidad, se ubica los miércoles alrededor de la mesa haciéndola particular. Por encima y por debajo de la mesa, el colectivo tejerá con sus hilos de lana, seda, plata y cualquier otra fibra de diversos colores, mirándonos, pensando y decidiendo acerca de la escuela que queremos. Buscaremos la forma de que lo dicho y lo no dicho conste en actas. Tejeremos nuestro tapiz. En algún momento tal vez incluso nos animemos a bordarlo. Acordaremos los colores y el diseño. Será singular, hecho a mano. Podremos –quizás alguna vez querremos– exhibirlo.
La mesa importa en la escuela, porque lo importante, del latín importans, es lo que aporta algo al interior de otra cosa. Cuando me importas te llevo, te porto, te aporto, te acompaño. En estas cuestiones también escolares de la multitarea, nuestra mesa, portadora en su ser de nuestros deseos, desafíos y esperanzas, espectadora de nuestras alegrías, conflictos y desvelos, será nuestra máquina de tejer, pero no dejará de servir el alimento, como en su origen, aportando los nutrientes a nuestra escuela, que la mantienen viva y sana.
