Víctor Brindisi
Maestro
Establecido en 1981, por Resolución 36/67 de la Asamblea General de la ONU en su sesión plenaria del 30 de noviembre de dicho año, a partir de 1982 se conmemora el Día Internacional de la Paz.
En 2001, por Resolución 55/282, la Asamblea General de la ONU decide que se observe el Día Internacional de la Paz el 21 de setiembre de cada año. Declara que ese día se observará en adelante como un día de cesación del fuego y de la no violencia a nivel mundial.
El 19 de diciembre de 2016, la Asamblea General de la Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre el Derecho a la Paz, como parte de los Derechos Humanos de tercera generación: los denominados “derechos de solidaridad”. En el Artículo 1 se declara: «Toda persona tiene derecho a disfrutar de la paz de tal manera que se promuevan y protejan todos los derechos humanos y se alcance plenamente el desarrollo».
En su espíritu coincide con los principios y objetivos expresados por la Conferencia General de la UNESCO, 18.ª reunión:
«...el objetivo principal (...) es contribuir al fortalecimiento de la paz (...) amenazados por la miseria, el hambre, la enfermedad, la ignorancia, centenares de millones de seres no han alcanzado aún el umbral de la dignidad humana (...) hacer reinar el respeto de los derechos humanos y de la dignidad del hombre (...) establecer una cooperación, en igualdad de condiciones, entre los países, requisitos que son indispensables para una paz justa y duradera.» (UNESCO, 1974:97) 1
1 En línea: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000114040_spa
Muchas regiones del planeta viven hoy circunstancias traumáticas para cientos de millones de seres humanos.
A la guerra en Siria, Irak, Yemen, Palestina y otras regiones del Cercano Oriente se ha agregado la nueva situación generada en Afganistán con motivo de la retirada de las tropas militares de EE. UU. y el regreso al poder de los talibanes.
Difícilmente se podrá concretar un desarrollo para el pueblo afgano que posibilite una vida que permita el respeto pleno de los Derechos Humanos fundamentales. La comunidad internacional, con las Naciones Unidas y sus instituciones a la cabeza, deberá actuar con mesura, amplitud e importantes recursos para alentar un proceso de transformaciones que será difícil, pero impostergable.
Seguimos viendo la trágica marcha de niños, mujeres y hombres huyendo de la guerra y del hambre, muchos de ellos dejando su vida por el camino.
La extrema pobreza y la violencia en África son los síntomas más notables del tremendo momento que se vive.
La tragedia del Mediterráneo, con miles de ahogados al intentar llegar a las costas europeas. Las durísimas circunstancias de la migración de centroamericanos a los Estados Unidos, y la migración entre países del continente americano, son las expresiones más cercanas de nuestra región.
Por otra parte, ciento sesenta millones de menores de dieciocho años trabajan en el planeta, algunos en condiciones parecidas a la esclavitud que impiden un desarrollo y una educación normales.
La información sobre ochocientos veintiún millones de personas que pasan hambre en el mundo, cifra que viene creciendo desde hace tres años, es vergonzante.
Mientras tanto, las grandes potencias mundiales siguen impulsando una creciente carrera armamentista que se supera cada año y que lleva a todas partes del mundo las armas con que se impulsan guerras y conflictos violentos.
El costo de la carrera armamentista llegó, en 2018, a la cifra de 1,82 billones de dólares, y continúa creciendo. En 2019 alcanzó 1,9 billones y, a pesar de la pandemia, se acercó a los 2 billones el pasado año 2020.
Los cinco países con mayor gasto tienen el siguiente porcentaje sobre el total mundial: EE. UU. – 35%; China – 14%; India – 3,7%; Rusia – 3,4%; Arabia Saudita – 3,2%.
EE. UU. y Rusia son poseedores de casi el 90% del arsenal nuclear en el mundo. En lugar de invertir en armas se debe invertir en las necesidades de la gente.
Por otra parte continúa el creciente deterioro de nuestro planeta.
Más allá de acuerdos y de promesas de la comunidad mundial en Río en 2012 y en París en 2015, sigue sin implementarse una acción real en favor del desarrollo sostenible que es esencial para la vida de los más pobres y de toda la humanidad.
La actual situación de pandemia nos obliga a señalar que esos recursos de la carrera armamentista deben utilizarse en procurar abatirla mediante la investigación, y la creación de medicamentos y vacunas que salven millones de vidas y eviten el aumento de la pobreza en el mundo.
Finalmente, alentamos un cambio fundamental de postura en el concepto de seguridad.
Las grandes potencias, poseedoras de las armas, desarrollan un concepto de “Seguridad Nacional” que intenta justificar su postura armamentista para defenderse de las agresiones de otros países, para prever que otros golpeen primero.
Debemos cambiarlo por el concepto de “Seguridad Humana” que se aplica a todas las naciones y pueblos del mundo.
Como lo expresan el Global Security Institute y otras organizaciones que luchan por la Paz, el concepto de seguridad se basa en un enfoque sostenible, más realista –la Seguridad Humana– que prioriza la educación, la salud, el empleo, la sostenibilidad, el desarrollo, protegiendo el medioambiente y el clima, ayudando a las culturas y a las comunidades a prosperar.
