Carmen Corrales
Profesora de Educación Musical. Directora de Coros.
«Vivimos en una sociedad filtrada por referencias estéticas de todo tipo que están presentes en nuestros procesos de socialización, de construcción de identidad y de elaboración de ideas que vamos construyendo sobre el mundo y sobre nosotros mismos.»
ANEP. CEP (2009:70)
Es pertinente tomar como punto de partida el hecho de que el ser humano ha vivido y vive rodeado del arte, en cualquiera de sus manifestaciones. Por consiguiente, al plantear una clase sobre contenidos artísticos, es interesante considerar la exploración y la vivencia como los principales pilares del aprendizaje y de la adquisición y formación de conocimiento. Al decir de Eisner (2005:9),
«el valor principal de las artes en la educación reside en que, al proporcionar un conocimiento del mundo, hace una aportación única a la experiencia individual». Sin embargo, a pesar de todos los estudios y fundamentaciones que se han hecho sobre la importancia de la educación artística, desde las aulas se debe seguir trabajando arduamente para lograr darle el lugar y la importancia que se merece. Es decir, que no se considere un “complemento” del currículo escolar, o algo divertido y simpático que hace las veces de entretenimiento o de pasatiempo.
«En cierto sentido, es extraño que las artes sean marginadas en las escuelas, dado el importante lugar que ocupan en nuestra cultura. Construimos palacios llamados salas de conciertos y museos para albergarlas y viajamos hasta el otro lado del mundo para disfrutarlas. Pero en lo que concierne a nuestras escuelas, otros temas tienen mayor prioridad.» (Eisner, 2002:87)
La educación musical o la enseñanza de la música en la educación encuentran muchos puntos en común con lo expuesto anteriormente sobre el arte en la educación. Se identifica un infinito mundo de posibilidades sonoras y musicales que se manifiestan a diario, y del que forman parte activa tanto los docentes de la asignatura como los estudiantes. La música, generadora y transmisora de conocimiento, creadora y protectora de la identidad cultural, acompañante de épocas sociohistóricas y estilos, transformadora y difusora de valores y contenidos estéticos, llega a las aulas y a los estudiantes para ser escuchada, interpretada, analizada y vivenciada. Atento a esto, se debe tener especial consideración respecto a las herramientas que se le brindan al estudiante de magisterio para que comience a vivir la música y a gene- rar el conocimiento desde su propia experiencia. Es tarea del docente transmitirle la confianza necesaria para que esa vivencia sea de valor y se quite la idea, por años replicada, de que la música es para unos pocos elegidos; por el contrario, la música es para todos los que estén abiertos a conocerla y disfrutarla.
Se considera de suma importancia que en el aula se produzcan clases de música donde se haga música de manera confiada, sin presiones ni condiciones, donde se utilicen técnicas de exploración y descubrimiento, y de esta manera los conocimientos que se van generando sean mucho más aprehendidos que aquellos que son transmitidos oralmente por un docente que es más instructor que favorecedor de la construcción del aprendizaje. Aquí no se está dejando de lado ni restándole importancia al fundamento teórico que toda práctica docente debe tener, sino que se trata de llegar a él partiendo de la experiencia. Asimismo, capacitar al futuro maestro de contenidos y estrategias metodológicas pertinentes determinará luego su compromiso con esta tarea en la escuela. De igual manera, se visualiza tan importante como lo anterior promover la sensibilización, la creatividad y la expresividad, elementos clave para aumentar las posibilidades de desarrollo de actividades musicales. Se debe trabajar siempre a partir del paradigma de que el ser humano está pre- parado para la música desde que nace, y antes también, y de que la creatividad y la capacidad musical no son cosa de unos pocos privilegiados.
«En la educación es necesario poner la Música al alcance de todos, generando una formación en la cual las personas sean capaces de conocer, expresarse y crear a través de ella, cuidar el medio ambiente sonoro, cantar un repertorio adecuado a su edad y nivel y acceder a diferentes culturas y a la diversidad estética.» (ANEP. CEP, 2009:73)
Es interesante analizar la frase de Aharonián (2004:9): «El arte como instrumento de educación más que como simple objetivo final implica una gran solvencia y una gran capacitación, y sobre todo una previa liberación del propio educador como hombre creador». Aquí se expresa claramente lo que las nuevas pedagogías de la educación artística, en este caso específico, la música, proponen desde hace ya algunos años: el docente creativo. Es el docente que se anima a crearse y re-crearse, así como el artista se re-inventa a sí mismo a lo largo de su vida. Por esto es de vital importancia tener en cuenta el medio sociohistórico en el que se encuentra. Se vive en un siglo XXI en el que los medios de comunicación masivos, un poco menos la radio y la televisión, y mucho más a través de Internet, informan de manera permanente sobre los cambios y las nuevas tendencias en la música. Tanto niños, jóvenes como adultos acceden a los fenómenos musicales día a día y son testigos de los cambios vertiginosos que tiene la música atravesando no solo el hecho musical en sí, sino marcando además estilos de vida, modas, vestimenta, lenguaje. Es así que se logra una difusión y un consumo a nivel mundial de todo tipo de música, la que llega cargada de valores estéticos que merecen ser analizados en el aula. Si tenemos en cuenta esta realidad, se debe entonces apuntar a que el estudiante, futuro docente, además de creativo sea crítico a la hora de llevar adelante sus prácticas en el aula. Se debe entender que no porque sea lo que se escucha hoy, es lo que se tiene que tomar como válido. Que su creatividad se vea reflejada no solo en sus creaciones o experiencias musicales, sino en el repertorio o conjunto de temas que seleccione para trabajar con sus futuros alumnos. Es fundamental conocer la realidad sociocultural en la que está ubicada la escuela y evaluar cuál será la mejor estrategia de trabajo. Un docente comprometido con la tarea debe conocer la realidad de sus alumnos y tener las herramientas necesarias para acompañar los diferentes procesos creativos y de expresión. Es este caso, conocerá el entorno sonoro de su escuela, las preferencias musicales de sus alumnos, acompañará esos gustos desde un lugar de respeto y los tomará como insumo para la tarea en la clase, proponiéndose además ampliar el horizonte musical tanto de música ya existente como en la creación de la misma.
Pero, y volviendo al punto de partida, todo esto será más difícil de lograr si en las prácticas educativas de magisterio no se considera como eje fundamental el generar la confianza en los estudiantes. Al analizar las nuevas pedagogías musicales como principales guías del trabajo, se entiende que no es necesario un profesional de la música para encarar una actividad sobre la misma, sino que se debe aprender a observar, escuchar y confiar en las posibilidades expresivas con las que cuenta todo individuo.
Se puede afirmar que la actividad musical en la educación y, más específicamente, en la escuela es de larga data.
Durante un largo período, la música en la escuela estuvo representada sobre todo por el canto coral, de repertorio casi exclusivamente europeo y donde participaba solamente aquel que por naturaleza tenía condiciones para la música y el canto. Automáticamente quedaba segregado de la actividad aquel que no tenía condiciones musicales a primera vista o “no tenía oído”. Este modelo pedagógico dio lugar a que generaciones enteras de niños quedaran total- mente convencidas de que no servían para ninguna actividad musical y la música pertenecía a los seleccionados por la profesora de canto, idea que se repetía hasta la edad adulta. Lo que se desconocía es lo que más adelante comienza a surgir como nuevo paradigma en que se afirma que tanto la correcta audición como el canto afinado se pueden desarrollar a partir de estímulos adecuados y buenos aprendizajes. Por ejemplo, podría ser un buen estímulo integrar al niño al coro si este lo deseara, aunque no sea afinado, en el entendido de que en la misma práctica de la actividad está implícito el aprendizaje. Hoy en día, la escuela puede ser generadora de esos espacios donde todos puedan disfrutar de la actividad musical, seleccionando un repertorio adecuado que favorezca la identidad cultural propia. «Cantar todos juntos, cada vez mejor, es una conquista. Cantar todos juntos, aunando la emoción que despierta el canto colectivo, es una vivencia rica y muy fuerte de la que nadie debe quedar excluido. Y la escuela puede lograrlo» (Akoschky, 2012:192)
Si se retoma nuevamente la historia, partir del siglo XX surgen nuevas propuestas metodológicas para la enseñanza de la música acompañan- do las corrientes educativas del siglo y tomando como punto de partida los aportes de la psicolgía, donde la experiencia musical tiene un lugar muy importante. Es así que entre otros aparecen los métodos conocidos como Dalcroze (ritmo-movimiento corporal), Orff (ritmización del lenguaje verbal-melodía-armonía), Kodaly (canto) y Willems (educación auditiva). Estos autores comienzan un nuevo camino dentro de la pedagogía musical que se seguirá ampliando hacia las décadas de los sesenta y setenta con los aportes de una nueva generación de educadores musicales entre ellos George Self, Murray Schafer y John Paynter. «...igualmente renovadores en sus enfoques pedagógicos destinados a la escuela, realizan propuestas de creaciones colectivas con dinámicas grupales novedosas, no se subordinan al uso de la escritura tradicional y, cuando lo necesitan, recurren a grafías analógicas.» (Akoschky, 2012:187)
En esta nueva mirada de la pedagogía musical se comienzan a tomar en cuenta nuevos instrumentos, materiales sonoros no convencionales, fuentes generadoras de sonido, así como procedimientos de transformación de la materia sonora, inspirados en las renovaciones que trae consigo la nueva mú- sica del siglo XX logrando una apertura del mundo sonoro. Sobre este tema se puede puntualizar que muchos de los docentes de música latinoamericanos incorporaron estas corrientes a sus prácticas pedagógicas, lo que resignificó la materia en la educación y redundó en los procesos de enseñanza y de aprendizaje. La posibilidad que trajo consigo el registro grabado de sonidos amplió las oportunidades de trabajo en el aula, dando lugar a la experimentación a partir de la exploración de las fuentes sonoras y la producción sonora.
Si en la actualidad se piensa en el papel que juega la escuela en la enseñanza de la música, es conveniente afirmar que estamos ante un nuevo paradigma de trabajo en el que, poco a poco, el estudiante es hacedor de su propio conocimiento a través de la experiencia.
«Es en el nivel superior –donde se forman los especialistas, incluidos los pedagogos y los educadores de todos los niveles y especialidades– donde deberían generarse los movimientos de transformación educativa y, por ende, los materiales, recursos y estrategias que aseguren la autonomía y la continuidad del campo total de la especialidad, que abarca los estudios artísticos y musicales.» (Hemsy de Gainza, 1999)
En los programas actuales de educación primaria y también en los de magisterio se encuentra con gran agrado que toda la construcción del conocimiento y los procesos musicales atraviesan lo sensorial, lo expresivo, lo corporal y lo emocional, siempre respetando las necesidades de cada alumno. Este parece ser un buen camino para seguir andando. «El enfoque pedagógico supone una propuesta curricular adecuada a la naturaleza del aprendizaje, centrada en la experiencia del niño y en la interacción de este con el lenguaje de la música.» (ANEP. CEP, 2009:73) El cambio de modelo también se advierte en los contenidos planteados en los planes escolares, donde se comienza a visualizar una mayor presencia de temas que se enfocan en la identidad cultural de nuestro país y la región; un repertorio de canciones y compositores más ajustado a lo que somos como cultura, valorando el acervo musical que la define y representa como sociedad.
Finalmente, si se hace foco en la educación actual se puede intentar redefinir las prácticas de educación de la música pensando en el alumno del mañana. Ese alumno que es parte de un mundo musical infi- nito del cual no se puede estar ajeno. Se deben conocer las realidades, los valores, los intereses de los alumnos, lo que hará que las prácticas sean cada vez más beneficiosas y productivas. El desafío es acompasar los vertiginosos cambios que se producen en el mundo del arte y, atento a esto, formar alumnos creativos, críticos y libres, facilitando y acompañando los procesos, así como aprendiendo y trabajando junto a ellos. Es entender la música como medio de comunicación y expresión, a la vez que instrumento sensibilizador y estímulo creativo.
«Entonces, puesto que el concepto de educación debe estar relacionado –como hemos con- venido– más con el futuro que con el pasado, debemos tomar en consideración todo futuro musical posible, preparando a nuestros alumnos para una idea abierta de qué categorías existirán en la cultura por venir, dejándolos en la mejor libertad de ideas posible como para aceptar eventuales cambios en su nuevo mundo.» (Aharonián, 2004:30)
«Hoy en día nadie queda al margen de la música, voluntaria o involuntariamente. Para la escuela es todo un desafío.» (Akoschky, 2012:180)
En esta frase se identifica lo que la escuela hoy debe atender con respecto a la enseñanza de la música. Es una responsabilidad que asumen la escuela y el maestro, ante un estímulo tan grande como lo es la música a nivel global, donde tenemos acceso a las músicas más lejanas y de más diversos orígenes. El multiculturalismo hace que el mapa musical de una región se modifique rápidamente y la educación no puede estar ajena a esos cambios. El desafío para la educación es qué ofrecerle al estudiante para estimular la participación y el compromiso en actividades de expresión musical en la medida en que ya todo viene procesado y creado de la mano de los medios masivos.
Conviene distinguir entonces qué puntos se consideran medulares si se quiere afrontar ese desafío. En primer lugar, presentar propuestas y metodologías de trabajo que sean participativas, donde el principal creador y formador del aprendizaje sea el propio estudiante. Si se piensa en el estudiante de magisterio, es fundamental que pue- da ser sensibilizado ante el conocimiento y la práctica musical, a la vez que apropiarse de recursos y herramientas para desarrollarse musicalmente. Tener siempre presente que dentro de los procesos de aprendizaje de la música se debe vivenciar la improvisación, la exploración, la creación, la imitación y, sobre todo, fomentar la creatividad. En ella se encuentra un terreno fértil para conformar productos musicales nuevos, donde las ideas de uno se sumen a las de otros generando un espacio de libertad creativa como lo son los ámbitos de educación artística. Es necesario recordar que todos los que han intentado formular una concepción sobre el arte coinciden en su carácter verdadero y esencial. Subrayan esa función única del arte en la vida humana, por ende, en el proceso educativo.
De igual modo, el poder acercar al estudiante a la obra de arte, en este caso musical, y ponerlo por momentos en el lugar del artista, ya que el común denominador de todas las expresiones artísticas es la comunicación del sentimiento de quien fue el creador. Por eso, en la educación sería importante valorar esta función del arte como comunicador de emociones y no como vehículo para otros fines. Es decir que puede transformar lo inexplicable en algo donde puedan participar otros y resignificar colectivamente las ideas de una cultura. Para entender esta función del arte es oportuno realizar un estudio de la historia del arte y revisar cómo ha acompañado al hombre y su necesidad de expresarse a través de otros mecanismos a lo largo de las distintas épocas socio-históricas. Asimismo, dimensionar el hecho artístico como expresión y, a su vez, como comprensión de determinada realidad cultural tomando la obra de arte como un “comentario” del mundo que la rodea, y trasladar ese fenómeno a la actualidad tratando de comentar el mundo actual a través de una obra sonora o en la creación de una canción.
Sobre el punto anterior, es preciso aclarar que no es el objetivo crear artistas dentro de la formación docente y de la escuela, pero sí generar esa avidez de conocimiento, la curiosidad por conocer el hecho artístico y acercarse a él desde la propia vivencia. Y que la clase de música no sea una simple exposición de contenidos, sino que en ella se cante, se toquen instrumentos, se escuche música, se analice el entorno sonoro y se produzcan obras sonoras adecuadas al nivel y a los intereses de los involucrados. Lo sonoro –la materia prima de la música– está al alcance de todos, y basta con generar interés en los alumnos para que se convierta en nuevas creaciones y experiencias, lo que incidirá luego en sus futuros alumnos.
Vale recordar que la expresividad y la creatividad también se motivan, se construyen, se propician, y se tiene la posibilidad de seguir trabajando para que los futuros maestros confíen en sus posibilidades musicales y fundamentalmente se animen a desarrollarlas en la escuela. Si se consideran las nuevas corrientes pedagógicas sobre la enseñanza de la música, se encontrará la libre expresión del niño como pilar fundamental, considerando el gran potencial que naturalmente despliega al momento de expresarse a través de los sonidos, algo que todo ser humano es capaz de realizar.
AHARONIÁN, Coriún (2004): Educación, arte, música. Montevideo: Ed. Tacuabé.
AKOSCHKY, Judith (2012): “Música en la escuela, un tema a varias voces” en J. Akoschky, E. Brandt, M. Calvo, M. E. Chapato, R. Harf, D. Kalmar,
M. Spravkin, F. Terigi, J. Wiskitski: Artes y escuela. Aspectos curriculares y didácticos de la educación artística. Buenos Aires: Ed. Paidós. Colección Cuestiones de Educación.
ANEP. CEP. República Oriental del Uruguay (2009): Programa de Educación Inicial y Primaria. Año 2008. En línea (Tercera edición, año 2013): http:// www.ceip.edu.uy/documentos/normativa/programaescolar/ProgramaEscolar_14-6.pdf
ANEP. CFE. República Oriental del Uruguay (2018): “Hacia un Programa de Apoyo al Desarrollo de la Investigación en Educación. Documento estratégico”. En línea: http://www.cfe.edu.uy/images/stories/pdfs/investigacion/pradine_documento_estrategico.pdf
EISNER, Elliot W. (2002): La escuela que necesitamos. Ensayos personales. Buenos Aires: Amorrortu editores. EISNER, Elliot W. (2005): Educar la visión artística. Barcelona: Ed. Paidós. Colección Paidós Educador.
HEMSY DE GAINZA, Violeta (1999): “La educación musical superior en Latinoamérica y Europa latina durante el siglo XX. Realidad y perspectivas” en Doce notas, monográfico Educación, Nº 3 (Junio), Madrid. En línea: https://www.latinoamerica-musica.net/ensenanza/hemsy/educacion.html
HEMSY DE GAINZA, Violeta (2010): Fundamentos, materiales y técnicas de la educación musical. Ensayos y conferencias: 1967-1974. Buenos Aires: Melos.
