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Junio del 2020
A modo de presentación

En este número tenemos el gusto de presentar cuatro artículos que refieren a la educación artística. Hay dos trabajos centrados en generar distintos espacios e instalaciones artísticas para ofrecerles a niños, niñas, familias y docentes, y otros dos que abordan propuestas enfocadas a trabajar en el aula. En todos ellos está presente la idea de la experiencia estética y, por tanto, la importancia de que quienes estén en situación de aprendizaje sean protagonistas del hecho artístico ya sea desde la recepción o la creación. Estas experiencias promueven el desarrollo integral del ser humano, en la medida en que apuntan al crecimiento personal, social y cultural de los niños.
Aquí me interesa destacar que la experiencia estética no refiere a saber apreciar la belleza, a formar el gusto, sino a afinar la sensibilidad, a emocionarnos, a conmovernos, a pensar sobre nuestra vida, a tomar conciencia de distintas situaciones, para interpelarnos, reflexionar y conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestro entorno, es decir, conectarnos con nuestra humanidad.
Los aprendizajes en las distintas disciplinas artísticas se producen en la experiencia. Por ello es
fundamental pensar en ella, en darle un lugar de privilegio. Cada sujeto, como plantean Soto y Violante (2016), va a transitar la experiencia de acuerdo a sus circunstancias de vida y producirá en él efectos diversos. Su bagaje de experiencias estéticas será clave para los nuevos aprendizajes.
«La dimensión estética es la capacidad profundamente humana de aprehender física, emocional, intelectual y espiritualmente la calidad del mundo, de manera integrada. Es decir que la experiencia estética, a diferencia de otros modos de experimentar y de pensar la vida cotidiana, es una manera particular de sentir, de imaginar, de seleccionar, de expresar, transformar, reconocer y apreciar nuestra presencia, y la de los otros en el mundo; de comprender, cuidar, disfrutar y recrear la naturaleza y la producción cultural, local y universal.
La experiencia estética conlleva la capacidad de atribuir significación personal, social y cultural (Jaramillo y otros, 2004).
» (apud Azar, 2014:65)
Esta idea de experiencia estética se ubica en la primera mitad del siglo XX de la mano de Dewey
(2008); para este autor, la experiencia es vitalidad elevada. En lugar de significar encierro dentro de los propios sentimientos y sensaciones privados, significa un intercambio activo y atento ante el mundo; significa una completa interpenetración del yo y el mundo de los objetos y acontecimientos.

«La experiencia se constituye cuando tiene una cualidad determinada que la impregna dándole el
carácter de unidad. La emoción es la fuerza móvil y cimentadora que proporciona unidad a las
partes variadas de una experiencia. Dewey sitúa a la experiencia en el equilibrio entre el hacer y
el padecer, refiriéndose con este último término a lo perceptivo. Vincula lo artístico con lo estético
como dos procesos que se dan conjuntamente, en tanto artístico refiere al acto de producción y
estético al de la percepción y goce.»
(Rocha y Cardellino, 2019:142)
La experiencia tiene que ver con ese acontecimiento que nos pasa.
«La experiencia es “eso que me pasa”. Prosigamos ahora con ese me. La experiencia supone
(...) que algo que no soy yo, un acontecimiento, sucede. Pero supone también, en segundo lugar,
que algo me pasa a mí. No que pasa ante mí, o frente a mí, sino a mí, es decir, en mí. La experiencia supone (...) un acontecimiento exterior a mí. Pero el lugar de la experiencia soy yo. Es en mí (o en mis palabras, o en mis ideas, o en mis representaciones, o en mis sentimientos, o en mis proyectos, o en mis intenciones, o en mi saber, o en mi poder, o en mi voluntad) donde
se da la experiencia, donde la experiencia tiene lugar.» (Larrosa, 2006:89)
Para que la experiencia tenga un lugar es necesaria la presencia de todos los participantes, es
decir, una disposición y una cierta apertura que se va logrando durante el proceso de la experiencia y con la suma de ellas. Cuanto más apostemos a generar este tipo de propuestas, mayor disposición encontraremos en nuestros alumnos. Es por ello que si los docentes queremos hacer participar a los niños y las niñas en experiencias estéticas, debemos pensar en ofrecer distintos escenarios, materiales, obras artísticas y situaciones que les permitan explorar,
descubrir, sentir, crear, escuchar, cantar, dibujar, modelar, bailar... instalar, al decir de Gadamer
(1991), “un tiempo de fiesta”, ese que es un tiempo de celebración, no apurado, en el que lo que importa es estar allí.
Esperamos que los siguientes artículos los inviten a crear múltiples situaciones en las que todos
vivencien ese tiempo de fiesta y de celebración que es el encuentro con la educación artística.

Referencias bibliográficas
AZAR, Salomón (2014): “El sensible acto de mirar: la educación visual en la primera infancia” en P. Sarlé, E. Ivaldi, L. Hernández (coords.): Arte, educación y primera infancia: sentidos y experiencias, pp. 45-66. Madrid: OEI. Metas Educativas 2021. En lí
DEWEY, John (2008): El arte como experiencia. Barcelona: Ed. Paidós.
GADAMER, Hans-Georg (1991): La actualidad de lo bello. Barcelona: Ed. Paidós.
LARROSA, Jorge (2006): “Sobre la experiencia” en Aloma. Revista de Psicologia, Ciències de l’Educació i de l’Esport, Nº 19, pp. 87-112. En línea: https://www.raco.cat/index.php/ Aloma/article/view/103367/154553
ROCHA, Karina; CARDELLINO, Andrea (2019): “¿Cómo ir hacia donde queremos ir? El taller en Educación Artística: sus particularidades” en A. M. Novo, L. Yanibelli, A. Acosta (comps.): Trayectos recorridos: construcciones colectivas 2, pp. 138-146. Montevide
SKLIAR, Carlos; LARROSA, Jorge (comps.) (2016): Experiencia y alteridad en educación. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.
SOTO, Claudia; VIOLANTE, Rosa (2016): Experiencias estéticas en los primeros años. Reflexiones y propuestas de enseñanza. Buenos Aires: Ed. Paidós.